Ellen G. White Writings

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Obreros Evangélicos, Page 222

vosotros. Dios nos ha hecho de tal manera que aun los más fuertes desean simpatía. ¡Cuánto más, pues, la han de necesitar los niños! Aun una mirada de compasión calmará y fortalecerá a menudo al niño probado y tentado.

Jesús dice a todo extraviado: “Dame, hijo mío, tu corazón.”3Proverbios 23:26. “Convertíos, hijos rebeldes, sanaré vuestras rebeliones.”4Jeremías 3:22. La juventud no puede ser verdaderamente feliz sin el amor de Jesús. El está aguardando con compasiva ternura para oír las confesiones del díscolo, y para aceptar su arrepentimiento. El aguarda su gratitud como la madre aguarda la sonrisa de reconocimiento de su hijo amado. El gran Dios nos enseña a llamarle Padre. El quisiera que comprendiésemos cuán fervorosa y tiernamente nos ama su corazón en todas nuestras pruebas y tentaciones. “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen.”5Salmos 103:13. Antes podrá la madre olvidarse de su hijo que Dios del alma que confía en él.

Los jóvenes han de desempeñar una parte en la obra de la iglesia

Cuando los jóvenes dan su corazón a Dios, no cesa nuestra responsabilidad hacia ellos. Hay que interesarlos en la obra del Señor, e inducirlos a ver que él espera que ellos hagan algo para adelantar su causa. No es suficiente demostrar cuánto se necesita hacer, e instar a los jóvenes a hacer una parte. Hay que enseñarles a trabajar para el Maestro. Hay que prepararlos, disciplinarlos y educarlos en los mejores métodos de ganar almas para Cristo. Enséñeseles a tratar de una manera tranquila y modesta de

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