Ellen G. White Writings

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Joyas de los Testimonios 2, Page 477

El designio de Dios para nuestros sanatorios*Testimonios para la Iglesia 6:219-228 (1900).

TODA institución establecida por los adventistas del séptimo día ha de ser para el mundo lo que fué José en Egipto y lo que Daniel y sus compañeros fueron en Babilonia. Al permitir la providencia de Dios que estos escogidos fuesen llevados cautivos, fué para impartir a naciones paganas las bendiciones que recibe la humanidad por el conocimiento de Dios. Habían de ser representantes de Jehová. Nunca habían de transigir con los idólatras; habían de honrar especialmente su fe religiosa y su nombre como adoradores del Dios viviente.

Y así lo hicieron. En la prosperidad como en la adversidad, honraron a Dios, y Dios los honró.

Sacado de una mazmorra, siervo de cautivos, donde fué víctima de la ingratitud y de la malicia, José se manifestó fiel al Dios del cielo. Todo Egipto se asombró de la sabiduría del hombre a quien Dios instruyera. Faraón “púsolo por señor de su casa, y por enseñoreador en toda su posesión; para que reprimiera a sus grandes como él quisiese, y a sus ancianos enseñara sabiduría.” Salmos 105:21, 22. No sólo para el reino de Egipto, sino para todas las naciones relacionadas con ese poderoso reino, se manifestó Dios por medio de José. Quiso hacerle portaluz para todos los pueblos, y le colocó en el segundo puesto después del trono, en el mayor imperio del mundo, a fin de que la iluminación celestial pudiese extenderse lejos y cerca. Por su sabiduría y justicia, por la pureza y benevolencia de su vida diaria, por su devoción a los intereses de la gente—y ello a pesar de que era una nación de idólatras,—José fué representante de Cristo. En su benefactor, al que todo Egipto se volvió con gratitud y alabanza, ese pueblo pagano, y por su medio

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