Ellen G. White Writings

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El Conflicto de los Siglos, Page 170

arrojado reformador estaban dominados por el miedo ahora que él no era más que un cautivo indefenso. “El único medio que nos queda para salvarnos—dijo uno—consiste en encender antorchas e ir a buscar a Lutero por toda la tierra, para devolverle a la nación que le reclama” (D’Aubigné, lib. 9, cap. 1). El edicto del emperador parecía completamente ineficaz. Los legados del papa se llenaron de indignación al ver que dicho edicto llamaba menos la atención que la suerte de Lutero.

Las noticias de que él estaba a salvo, aunque prisionero, calmaron los temores del pueblo y hasta acrecentaron el entusiasmo en su favor. Sus escritos se leían con mayor avidez que nunca antes. Un número siempre creciente de adeptos se unía a la causa del hombre heroico que frente a desventajas abrumadoras defendía la Palabra de Dios. La Reforma iba cobrando constantemente fuerzas. La semilla que Lutero había sembrado brotaba en todas partes. Su ausencia realizó una obra que su presencia no habría realizado. Otros obreros sintieron nueva responsabilidad al serles quitado su jefe, y con nueva fe y ardor se adelantaron a hacer cuanto pudiesen para que la obra tan noblemente comenzada no fuese estorbada.

Satanás empero no estaba ocioso. Intentó lo que ya había intentado en otros movimientos de reforma, es decir engañar y perjudicar al pueblo dándole una falsificación en lugar de la obra verdadera. Así como hubo falsos cristos en el primer siglo de la iglesia cristiana, así también se levantaron falsos profetas en el siglo XVI.

Unos cuantos hombres afectados íntimamente por la agitación religiosa, se imaginaron haber recibido revelaciones especiales del cielo, y se dieron por designados divinamente para llevar a feliz término la obra de la Reforma, la cual, según ellos, había sido débilmente iniciada por Lutero. En realidad, lo que hacían era deshacer la obra que el reformador había realizado. Rechazaban el gran principio que era la base misma de la Reforma, es a saber, que la Palabra de Dios es la regla perfecta de fe y práctica; y en lugar de tan infalible guía sustituían la norma variable e insegura de sus propios sentimientos e impresiones. Y así, por haberse despreciado al único medio seguro de descubrir el engaño y la mentira se le abrió camino a Satanás para que a su antojo dominase los espíritus.

Uno de estos profetas aseveraba haber sido instruido por el ángel Gabriel. Un estudiante que se le unió abandonó los estudios, declarándose investido de poder por Dios mismo para exponer su Palabra. Se les unieron otros, de por sí inclinados al fanatismo. Los

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