Ellen G. White Writings

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El Conflicto de los Siglos, Page 220

viaje que había de tener por resultado la circunnavegación del globo, y Cortés hallábase empeñado en la ardua conquista de México”. Veinte años después “Pizarro había llevado a feliz término la conquista del Perú” (Encyclopaedia Britannica, novena ed., art. “Carlos Quinto”).

Carlos Quinto ascendió al trono como soberano de España y Nápoles, de los Países Bajos, de Alemania y Austria “en tiempo en que Alemania se encontraba en un estado de agitación sin precedente” (The New International Encyclopaedia, art. “Carlos Quinto”). Con la invención de la imprenta se difundió la Biblia por los hogares del pueblo, y como muchos aprendieran a leer para sí la Palabra de Dios, la luz de la verdad disipó las tinieblas de la superstición como por obra de una nueva revelación. Era evidente que había habido un alejamiento de las enseñanzas de los fundadores de la iglesia primitiva, tal cual se hallaban relatadas en el Nuevo Testamento (Motley, Histoire de la fondation de la République des Provinces Unies, Introducción, XII). Entre las órdenes monásticas “la vida conventual habíase corrompido al extremo de que los monjes más virtuosos no podían ya soportarla” (Kurtz, Kirchengeschichte, sec. 125). Otras muchas personas relacionadas con la iglesia se asemejaban muy poco a Jesús y a sus apóstoles. Los católicos sinceros, que amaban y honraban la antigua religión, se horrorizaban ante el espectáculo que se les ofrecía por doquiera. Entre todas las clases sociales se notaba “una viva percepción de las corrupciones” que se habían introducido en la iglesia, y “un profundo y general anhelo por la reforma” (ibíd., sec. 122).

“Deseosos de respirar un ambiente más sano, surgieron por todas partes evangelistas inspirados por una doctrina más pura” (ibíd., sec. 125). Muchos católicos cristianos, nobles y serios, entre los que se contaban no pocos del clero español e italiano, se unieron a dicho movimiento, que rápidamente iba extendiéndose por Alemania y Francia. Como lo declaró el sabio arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, en sus Comentarios del Catecismo, aquellos piadosos prelados querían ver “revivir en su sencillez y pureza el antiguo espíritu de nuestros antepasados y de la iglesia primitiva” (Bartolomé Carranza y Miranda, Comentarios sobre el catecismo cristiano, Amberes, 1558, 233; citado por Kurtz, sec. 139).

El clero de España era competente para tomar parte directiva en este retorno al cristianismo primitivo. Siempre amante de la

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