Ellen G. White Writings

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El Evangelismo, Page 448

cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. 1 Corintios 2:11.—Manuscrito 20, 1906.

El poder de Dios en la tercera persona—El príncipe del poder del mal puede ser mantenido en jaque únicamente por el poder de Dios en la tercera persona de la Divinidad, el Espíritu Santo.—Special Testimonies, Serie A, 10:37 (1897).

En colaboración con los tres poderes más elevados—Debemos cooperar con los tres poderes más elevados del cielo: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y estos poderes trabajarán mediante nosotros convirtiéndonos en obreros juntamente con Dios.—Special Testimonies, Serie B, 7:51 (1905).

Sociedades secretas

Los peligros de los sociedades secretas—La orden dada por el Señor: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14), se refiere no sólo al casamiento de cristianos con impíos, sino a todas las alianzas en las que las partes entran en íntima asociación, y en las que hay necesidad de armonía en espíritu y acción...

El Señor declara por medio del profeta Isaías: “Reuníos, pueblos, y seréis quebrantados; oíd, todos los que sois de lejanas tierras; ceñíos, y seréis quebrantados; disponeos, y seréis quebrantados. Tomad consejo, y será anulado; proferid palabra, y no será firme, porque Dios está con nosotros. Porque Jehová me dijo de esta manera con mano fuerte, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo, diciendo: No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración; ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo. A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo”. Isaías 8:9-13.

Hay quienes ponen en duda si es correcto para los cristianos pertenecer a la francmasonería y a otras sociedades secretas. Consideren todos éstos el pasaje que acabamos de citar. Si somos verdaderamente cristianos debemos ser cristianos en todas partes y debemos considerar y obedecer el consejo dado para convertirnos en cristianos de acuerdo con las normas de la Palabra de Dios...

Cuando aceptamos a Cristo como nuestro Redentor, aceptamos la condición de convertirnos en obreros juntamente con Dios. Hemos hecho un pacto con él para dedicarnos enteramente al Señor; como mayordomos fieles de la gracia de Cristo nos hemos comprometido a trabajar por la edificación de su reino en el mundo. Cada seguidor de Cristo ha hecho la promesa de dedicar todas sus facultades, de la mente, el alma y el cuerpo, a Aquel que ha pagado el precio del rescate por

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