Ellen G. White Writings

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El Hogar Cristiano, Page 473

Capítulo 83—El señuelo del placer

El corazón natural lo procura—La mente natural se inclina hacia el placer y la complacencia propia. Es política de Satanás fabricarlos en abundancia. El procura llenar la mente de los hombres con un deseo de diversión mundanal, a fin de que no tengan tiempo de hacerse la pregunta: ¿Cómo está mi alma? El amor a los placeres es infeccioso. Entregada a él, la mente vuela de un punto a otro, buscando siempre una diversión.1Consejos para los Maestros Padres y Alumnos, 257.

Los placeres del mundo infatúan; y por sus goces momentáneos muchos sacrifican la amistad del Cielo, así como la paz, el amor y el gozo que ella otorga. Pero aquellos selectos objetos de deleite no tardan en resultar desagradables y nada satisfactorios.2The Review and Herald, 29 de enero de 1884.

Millones buscan diversiones—En esta era del mundo existe un afán de placeres que no tiene precedente. Por doquiera prevalecen la disipación y una prodigalidad temeraria. Las muchedumbres ansían divertirse. El espíritu se vuelve trivial y frívolo porque no se acostumbró a la meditación ni se disciplinó en el estudio. Un sentimentalismo ignorante es cosa corriente. Dios requiere de toda alma que sea culta, refinada, elevada y ennoblecida; pero con demasiada frecuencia toda realización valiosa queda descuidada en favor de la ostentación de las modas y el placer superficial.3The Review and Herald, 6 de diciembre de 1881.

Las diversiones excitantes de nuestro tiempo mantienen febriles las mentes de hombres y mujeres, pero particularmente de los jóvenes, y esto mina su vitalidad mucho más que todos

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