Ellen G. White Writings

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El Ministerio de Curación, Page 288

mandamiento del rey” (Hebreos 11:23), fué la mujer de la cual nació Moisés, el libertador de Israel. Ana, la mujer que oraba, abnegada y movida por la inspiración celestial, dió a luz a Samuel, el niño instruido por el Cielo, el juez incorruptible, el fundador de las escuelas sagradas de Israel. Elisabet, la parienta de María de Nazaret y animada del mismo espíritu que ésta, fué madre del precursor del Salvador.

Templanza y dominio propio

En las Escrituras se explica el cuidado con que la madre debe vigilar sus propios hábitos de vida. Cuando el Señor quiso suscitarse a Sansón por libertador de Israel, “el ángel de Jehová” apareció a la madre y le dió instrucciones especiales respecto a sus hábitos de vida y a cómo debía tratar a su hijo. “No bebas—le dijo—vino, ni sidra, ni comas cosa inmunda.” Jueces 13:13, 7.

Muchos padres creen que el efecto de las influencias prenatales es cosa de poca monta; pero el Cielo no las considera así. El mensaje enviado por un ángel de Dios y reiterado en forma solemnísima merece que le prestemos la mayor atención.

Al hablar a la madre hebrea, Dios se dirige a todas las madres de todos los tiempos. “Ha de guardar—dijo el ángel—todo lo que le mandé.” El bienestar del niño dependerá de los hábitos de la madre. Ella tiene, pues, que someter sus apetitos y sus pasiones al dominio de los buenos principios. Hay algo que ella debe rehuir, algo contra lo cual debe luchar si quiere cumplir el propósito que Dios tiene para con ella al darle un hijo. Si, antes del nacimiento de éste, la madre procura complacerse a sí misma, si es egoísta, impaciente e imperiosa, estos rasgos de carácter se reflejarán en el temperamento del niño. Así se explica que muchos hijos hayan recibido por herencia tendencias al mal que son casi irresistibles.

Pero si la madre se atiene invariablemente a principios

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