Ellen G. White Writings

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El Ministerio Médico, Page 348

Educad, educad, educad

Debemos educar, educar, educar, en forma afable e inteligente. Debemos predicar la verdad, orar la verdad y vivir la verdad, colocando sus influencias gratas y portadoras de vida al alcance de los que no la conocen. Al colocar a los enfermos en contacto con el Dador de la vida, sus facultades mentales y corporales se renovarán. Pero para que esto ocurra, ellos deben practicar el renunciamiento, y ser temperantes en todas las cosas. Sólo de esta forma pueden ser salvos de la muerte física y espiritual, y lograr la restauración de la salud.

Cuando la maquinaria humana funciona en armonía con los planes vivificadores que Dios le dio, como se muestra en el evangelio, la enfermedad se vence y la salud brota de nuevo en forma espontánea. Cuando los seres humanos trabajan en unión con el Dador de la vida, quien ofrendó su sangre por ellos, la mente se llena de gozo. Se santifican el cuerpo, la mente y el alma. Los seres humanos aprenden del Gran Maestro, y todo lo que ellos observan ennoblece y enriquece los pensamientos. Los afectos afloran en felicidad y agradecimiento al Creador. La vida del hombre que ha sido renovada a la imagen de Cristo es una luz que brilla en la oscuridad.—Carta 83, 1905.

Las obras del ministerio

Digo a los maestros de nuestras escuelas, a los ministros, médicos y enfermeros: si quisierais, tendríais éxito en revelar las verdades del mensaje del tercer ángel. Esto no se logrará meramente predicando la Palabra, sino por las acciones de un ministerio de amor. Es el espíritu de la Palabra lo que necesitamos urgentemente. Los que tienen el Espíritu de Cristo harán sus obras.

Se me ha instruido a guiar a nuestro pueblo al capítulo 58 de Isaías. Leed detenidamente este capítulo para que

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