Ellen G. White Writings

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La Temperancia, Page 240

presente a ellos con convicción, hasta donde sea posible, aun desde la infancia.

La juventud es un indicio de la sociedad futura—El futuro de la sociedad está indicado por la juventud de hoy. En los jóvenes vemos a los futuros maestros, legisladores y jueces, los dirigentes y el pueblo que determinarán el carácter y el destino de la nación. Por lo tanto, cuán importante es la misión de los que han de formar los hábitos e influir en las vidas de la generación que surge Tratar con las mentes es la mayor obra jamás confiada a los hombres. El tiempo de los padres es demasiado valioso para gastarlo en la complacencia del apetito o para ir en pos de la riqueza o de la moda. Dios ha colocado en sus manos a la preciosa juventud no sólo para que se la capacite para un lugar de utilidad en esta vida, sino para que sea preparada para las cortes celestiales. Siempre debiéramos tener en cuenta la vida futura y trabajar de tal manera que cuando lleguemos a las puertas del paraíso, podamos decir: “He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová”.

Pero en la obra de la temperancia hay deberes que recaen sobre los jóvenes que nadie puede hacer por ellos. Si bien es cierto que los padres son responsables por el sello del carácter tanto como por la educación y preparación que dan a sus hijos e hijas, sigue siendo verdad que nuestro puesto y utilidad en el mundo dependen, en gran manera, de nuestro propio curso de acción.

El noble ejemplo de Daniel—En ninguna parte encontraremos una ilustración más abarcante y vigorosa de la verdadera temperancia y sus bendiciones inherentes, que en la historia del joven Daniel y sus compañeros en la corte de Babilonia. Cuando fueron elegidos para que se les enseñara la sabiduría y la lengua de los caldeos, para que pudieran “estar en el palacio del rey”, “les señaló el rey ración para cada día, de la provisión de la comida del rey, y del vino que él bebía”. Pero “Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía”. Esos jóvenes no sólo rehusaron beber del vino del rey, sino que se abstuvieron de los manjares de su mesa. Obedecieron la ley divina, tanto natural como moral. Con sus hábitos de moderación se unían fervor de propósito, diligencia y firmeza. Y el resultado muestra la sabiduría de su proceder.

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