Ellen G. White Writings

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Historia de los Patriarcas y Profetas, Page 502

Capítulo 43—La muerte de Moisés*Este texto está basado en Deuteronomio 31 a 34.

En todo el trato que Dios tuvo con su pueblo, se nota, entremezclada con su amor y misericordia, la evidencia más sorprendente de su justicia estricta e imparcial. Queda patente en la historia del pueblo hebreo. Dios había otorgado grandes bendiciones a Israel. Su amor bondadoso hacia él se describe de la siguiente manera conmovedora: “Como el águila despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas: Jehová solo le guió.” Deuteronomio 32:11, 12. ¡Y sin embargo, cuán presta y severa retribución les infligía por sus transgresiones!

El amor infinito de Dios se manifestó en la dádiva de su Hijo unigénito para redimir la familia humana perdida. Cristo vino a la tierra con el objeto de revelar al hombre el carácter de su Padre, y su vida rebosó de actos de ternura y de compasión divinas. Sin embargo, Cristo mismo declara: “Hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley.” Mateo 5:18. La misma voz que suplica con paciencia y amor al pecador para que venga a él y encuentre perdón y paz, ordenará, en el juicio, a quienes rechazaron su misericordia: “Apartaos de mí, malditos.” Mateo 25:41. En toda la Biblia, se representa a Dios, no sólo como un padre tierno, sino también como un juez justo. Aunque se deleita en manifestar misericordia, y “perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado,” de “ningún modo justificará al malvado.” Éxodo 34:7.

El gran Soberano de todas las naciones había declarado que Moisés no habría de introducir a la congregación de Israel en la buena tierra, y la súplica fervorosa del siervo de Dios no pudo conseguir que su sentencia se revocara. El sabía que

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