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La ciudadela no protegida 1MCP 85

Por la contemplación somos transformados. Aunque formado a la imagen de su Hacedor, el hombre puede educar de tal modo su mente que el pecado que una vez despreciaba llegue a ser un placer para él. Al dejar de velar y orar, deja de proteger la ciudadela, el corazón, y se compromete con el pecado y el crimen. La mente se envilece, y es imposible elevarla de la corrupción mientras es preparada para esclavizar los poderes morales e intelectuales y ponerlos bajo el dominio de pasiones groseras. Ha de mantenerse una guerra constante contra la mente carnal; y necesitamos ser auxiliados por la influencia refinadora de la gracia de Dios, la cual atraerá la mente hacia arriba y la habituará a meditar sobre cosas puras y santas.—Testimonies for the Church 2:479 (1870). 1MCP 85.2