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La Oración

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    La oración genuina no depende de la hora, ni del lugar ni de las circunstancias

    Orad en vuestro gabinete; y al ir a vuestro trabajo cotidiano, levantad a menudo vuestro corazón a Dios. De este modo anduvo Enoc con Dios. Esas oraciones silenciosas llegan como precioso incienso al trono de la gracia. Satanás no puede vencer a aquel cuyo corazón esta así apoyado en Dios. No hay tiempo o lugar en que sea impropio orar a Dios. No hay nada que pueda impedirnos elevar nuestro corazón en ferviente oración. En medio de las multitudes y del afán de nuestros negocios, podemos ofrecer a Dios nuestras peticiones e implorar la divina dirección, como lo hizo Nehemías cuando hizo la petición delante del rey Artajerjes. En dondequiera que estemos podemos estar en comunión con él. Debemos tener abierta continuamente la puerta del corazón, e invitar siempre a Jesús a venir y morar en el alma como huésped celestial.—El Camino a Cristo, 99.Or 255.1

    Dondequiera que estemos, sea cual sea nuestro empleo, nuestros corazones han de elevarse a Dios en oración. Esto es ser constantes en la oración. No necesitamos esperar hasta que podamos arrodillarnos para orar. En una ocasión, cuando Nehemías se presentó ante el rey, este le preguntó por qué parecía tan triste y qué pedido tenía para presentarle. Pero Nehemías no se atrevió a responder inmediatamente. Estaban en juego importantes intereses. La suerte de una nación dependía de la impresión que entonces se hiciera en la mente del monarca, y en ese mismo instante Nehemías elevó una oración al Dios del cielo antes de atreverse a responder al rey. El resultado fue que obtuvo todo lo que pidió o aun deseó.—The Signs of the Times, 20 de octubre de 1887.Or 255.2

    Todos vuestros buenos propósitos y buenas intenciones no os capacitarán para resistir la prueba de la tentación. Tenéis que ser hombres y mujeres de oración. Vuestras peticiones no deben ser lánguidas, ocasionales, ni caprichosas, sino ardientes, perseverantes y constantes. No siempre es necesario estar solo, o arrodillarse para orar; sino que en medio de vuestro trabajo cotidiano vuestra alma puede a menudo elevarse a Dios, aferrándose de su fortaleza; entonces seréis hombres y mujeres de un propósito elevado y santo, de integridad noble, quienes por ninguna consideración serán desviados de la verdad, el bien y la justicia.—Testimonies for the Church 4:542, 543.Or 255.3

    Debemos orar constantemente, con una mente humilde y con un espíritu manso y dócil. No necesitamos esperar hasta tener la oportunidad de arrodillarnos delante de Dios. Podemos orar al Señor y hablar con él dondequiera que estemos.—Mensajes Selectos 3:304.Or 256.1

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