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    Capítulo 8—Al fin cara a cara

    Una nueva idea del cielo—¡Qué motivo de gozo para los discípulos el saber que tenían un Amigo tal en el cielo para suplicar por ellos! Mediante la ascensión visible de Cristo se cambiaron todos los conceptos y especulaciones de ellos acerca del cielo. El cielo había sido anteriormente para ellos una región de espacio ilimitado, habitada por espíritus etéreos. Pero ahora el cielo estaba relacionado con el pensamiento de Jesús, a quien habían amado y reverenciado por encima de todos los demás, con quien habían conversado y viajado, a quien habían tocado aun con su cuerpo resucitado, quien había infundido esperanza y consuelo en sus corazones, y quien, cuando las palabras estaban todavía en sus labios, había sido arrebatado delante de sus ojos mientras los tonos de su voz llegaban a ellos a medida que la carroza de nubes de ángeles lo recibía: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.SVC 66.1

    El cielo ya no podía parecerles más un espacio indefinido e incomprensible, lleno de espíritus intangibles. Ahora lo consideraban como su hogar futuro, donde el amante Redentor estaba preparándoles mansiones. La oración se revestía de un nuevo interés pues era comunión con su Salvador. Con nuevas y conmovedoras emociones y una firme confianza de que su oración sería respondida, se reunieron en el aposento alto para ofrecer sus peticiones y para demandar la promesa del Salvador, quien había dicho: “Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”. Oraban en el nombre de Jesús.SVC 66.2

    Tenían un evangelio que predicar: Cristo en forma humana, un varón de dolores; Cristo en su humillación, apresado por manos impías y crucificado; Cristo resucitado y ascendido al cielo a la presencia de Dios para ser el Abogado del hombre; Cristo que volvería otra vez con poder y gran gloria en las nubes del cielo.—Comentario Bíblico Adventista 6:1054.SVC 67.1

    Este mismo Jesús—Cristo había ascendido al cielo en forma humana. Los discípulos habían contemplado la nube que le recibió. El mismo Jesús que había andado, hablado y orado con ellos; que había quebrado el pan con ellos; que había estado con ellos en sus barcos sobre el lago; y que ese mismo día había subido con ellos hasta la cumbre del monte de las Olivas, el mismo Jesús había ido a participar del trono de su Padre. Y los ángeles les habían asegurado que este mismo Jesús a quien habían visto subir al cielo, vendría otra vez como había ascendido. Vendrá “con las nubes, y todo ojo le verá”. Apocalipsis 1:7. “El mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán”. 1 Tesalonicenses 4:16. “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria”. Mateo 25:31. Así se cumplirá la promesa que el Señor hizo a sus discípulos: “Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Juan 14:3. Bien podían los discípulos regocijarse en la esperanza del regreso de su Señor.—El Deseado de Todas las Gentes, 771, 772.SVC 67.2

    Los discípulos estaban todavía mirando fervientemente hacia el cielo cuando “he aquí, dos varones se pusieron junto a ellos en vestidos blancos; los cuales también les dijeron: Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Hechos 1:10, 11.SVC 68.1

    La promesa de la segunda venida de Cristo habría de mantenerse siempre fresca en las mentes de sus discípulos. El mismo Jesús a quien ellos habían visto ascender al cielo, vendría otra vez, para llevar consigo a aquellos que aquí estuvieran entregados a su servicio. La misma voz que les había dicho: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, les daría la bienvenida a su presencia en el reino celestial.—Los Hechos de los Apóstoles, 27.SVC 68.2

    Le veremos como él es—Cuando los hijos de Dios hayan recibido la inmortalidad, le verán “como él es”. 1 Juan 3:2. Estarán delante del trono, aceptos en el Amado. Todos sus pecados habrán sido borrados, todas sus transgresiones expiadas. Entonces podrán mirar sin velo la gloria del trono de Dios. Habrán participado con Cristo en sus sufrimientos, habrán trabajado con él en el plan de la salvación, y participarán con él del gozo de ver las almas salvadas en el reino de Dios, para alabar allí a Dios durante toda la eternidad.—Joyas de los Testimonios 3:432.SVC 68.3

    “Si permaneciere la obra de alguno...recibirá la recompensa”—Gloriosa será la recompensa concedida cuando los obreros fieles sean congregados en derredor del trono de Dios y el Cordero. Cuando Juan, en su estado mortal, contempló la gloria de Dios, cayó como muerto; no pudo soportar esa visión. Cuando lo mortal se haya vestido de inmortalidad, los redimidos serán como Jesús, porque le verán tal cual es. Estarán delante del trono, lo cual significa que habrán sido aceptados. Todos sus pecados habrán sido borrados, todas sus transgresiones, disipadas. Entonces podrán mirar sin velo la gloria del trono de Dios. Habrán sido participantes con Cristo en sus sufrimientos, habrán trabajado juntamente con él en el plan de la redención, y habrán de participar con él en el gozo de contemplar las almas salvadas por su medio para que alaben a Dios durante toda la eternidad.—Joyas de los Testimonios 2:168, 169.SVC 68.4

    El Rey del cielo—Cuando Cristo vino a esta tierra la primera vez, lo hizo humilde y oscuramente, y su vida fue de sufrimiento y pobreza... En ocasión de su segunda venida todo será diferente. Los hombres no lo verán como un prisionero rodeado por el populacho, sino como al Rey del cielo. Cristo vendrá en su propia gloria, en la gloria del Padre, y en la gloria de los santos ángeles. Millones de millones y millares de millares de ángeles, los hermosos y triunfantes hijos de Dios, que poseen una inconmensurable hermosura y gloria, lo escoltarán en su camino. En lugar de la corona de espinas, él llevará una corona de gloria—una corona dentro de una corona—. En lugar de ese antiguo manto de púrpura, estará vestido con un ropaje del blanco más puro, tanto que “ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos”. Marcos 9:3. Y en su vestido y en su muslo habrá escrito un nombre: “Rey de reyes y Señor de señores”. Apocalipsis 19:16.—Maravillosa Gracia de Dios, La, 358.SVC 69.1

    Recibidos en el gozo de su Señor—El mismo que dio su preciosa vida por ellos, quien por su gracia movió sus corazones al arrepentimiento, quien los despertó a su necesidad de arrepentimiento, los recibe ahora en su gozo. ¡Oh, cuánto lo aman! La realización de su esperanza es infinitamente mayor que su expectativa. Su gozo es completo, y ellos toman sus refulgentes coronas y las arrojan a los pies de su Redentor.—Consejos Sobre Mayordomía Cristiana, 364.SVC 69.2

    El destino sellado en la segunda venida—Se están popularizando rápidamente las fábulas de que no hay diablo literal alguno y de que habrá un tiempo de prueba después de la venida de Cristo. Las Escrituras aseveran claramente que el destino de toda persona quedará fijado para siempre al momento de la venida del Señor. “El que es injusto, sea injusto todavía: y el que es sucio, ensúciese todavía: y el que es justo, sea todavía justificado: y el santo sea santificado todavía. Y he aquí, yo vengo presto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra”.—Testimonios Selectos 3:48.SVC 70.1

    Vínculo que nunca se ha de romper—Por su vida y su muerte, Cristo logró aun más que restaurar lo que el pecado había arruinado. Era el propósito de Satanás conseguir una eterna separación entre Dios y el hombre; pero en Cristo llegamos a estar más íntimamente unidos a Dios que si nunca hubiésemos pecado. Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. Lo dio no sólo para que llevase nuestros pecados y muriese como sacrificio nuestro; lo dio a la especie caída. Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana. Tal es la garantía de que Dios cumplirá su promesa. “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro”. Dios adoptó la naturaleza humana en la persona de su Hijo, y la llevó al más alto cielo. Es “el Hijo del hombre” quien comparte el trono del universo. Es “el Hijo del hombre” cuyo nombre será llamado: “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. El YO SOY es el Mediador entre Dios y la humanidad, que pone su mano sobre ambos. El que es “santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores”, no se avergüenza de llamarnos hermanos. En Cristo, la familia de la tierra y la familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es nuestro hermano. El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en el seno del Amor Infinito.—El Deseado de Todas las Gentes, 17.SVC 70.2

    Uno con la raza que ha redimido—“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito”. Lo dio no solamente para que viviese entre los hombres, no sólo para que llevase los pecados de ellos y muriese como su sacrificio; lo dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los hijos de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados. Jesús “no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Hebreos 2:11. Es nuestro Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana delante del trono del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza que ha redimido: es el Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese levantado de la ruina y degradación del pecado, para que reflejase el amor de Dios y participase del gozo de la santidad.—El Camino a Cristo, 14, 15.SVC 71.1

    La hueste redimida será su gloria principal—En su oración intercesora, Jesús sostuvo ante su Padre que había cumplido las condiciones que obligan a Dios a cumplir su parte del pacto celebrado en el cielo respecto al hombre caído... Se declara a sí mismo glorificado en los que creen en él. La iglesia, en su nombre, debe llevar a gloriosa perfección la obra comenzada por él; y cuando esa iglesia se encuentre finalmente redimida en el Paraíso de Dios, verá el resultado del trabajo de su alma y será saciado. Durante toda la eternidad la hueste redimida será su gloria principal.—Hijos e Hijas de Dios, 298.SVC 71.2

    Llevará consigo la humanidad por los siglos eternos—Cristo ascendió al cielo con una naturaleza humana santificada y santa. Llevó esta naturaleza consigo a las cortes celestiales y la llevará por los siglos eternos, como Aquel que ha redimido a cada ser humano que está en la ciudad de Dios, como Aquel que ha implorado ante el Padre: “En las palmas de mis manos los tengo esculpidos”. Las palmas de sus manos llevan las marcas de las heridas que recibió. Si somos heridos y lastimados, si nos encontramos con obstáculos que son difíciles de superar, recordemos cuánto sufrió Cristo por nosotros. Sentémonos con nuestros hermanos en los lugares celestiales con Cristo. Atraigamos a nuestro corazón las bendiciones celestiales.SVC 72.1

    Jesús tomó la naturaleza humana para revelar al hombre un amor puro y desinteresado, para enseñarnos a amarnos mutuamente.SVC 72.2

    Cristo ascendió al cielo como hombre. Como hombre es el Sustituto y la Garantía de la humanidad. Como hombre vive para interceder por nosotros. Está preparando un lugar para todos los que le aman. Como hombre vendrá otra vez con poder y gloria para recoger a los suyos. Y lo que debiera causarnos gozo y agradecimiento es que Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó”. Podemos, pues, tener para siempre la seguridad de que todo el universo que no cayó está interesado en la gran obra que Jesús vino a hacer en nuestro mundo, la salvación misma del hombre.—Comentario Bíblico Adventista 5:1100.SVC 72.3

    Cristo penetró en la eternidad llevando su humanidad. Está delante de Dios como representante de nuestra raza. Cuando estamos vestidos con el traje de bodas de su justicia, llegamos a ser uno con él, y dice de nosotros: “Andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos”. Sus santos lo contemplarán en su gloria, sin que se interponga un velo que lo opaque.—Comentario Bíblico Adventista 7:937.SVC 73.1

    Cristo ascendió al cielo llevando una humanidad santificada y sagrada. Llevó esa humanidad consigo a las cortes celestiales, y a través de los siglos eternos la retendrá, como Aquel que redimió a cada ser humano que está en la ciudad de Dios.—Comentario Bíblico Adventista 6:1054.SVC 73.2

    Garantía eterna de la fidelidad de Dios—Tenemos todo lo que pudiéramos pedir para inspirarnos fe y confianza en Dios. En las cortes terrenales, cuando un rey quiere dar la máxima garantía que asegure su veracidad, da a su hijo como rehén, para ser rescatado cuando se cumpla la promesa del rey. Y he aquí, qué prenda de la fidelidad del Padre, porque cuando quiso asegurar a los hombres de la inmutabilidad de su consejo, dio a su unigénito Hijo para que viniera a la tierra y tomara la naturaleza humana, no sólo por los cortos años de vida, sino para retener esa naturaleza en las cortes celestiales como garantía eterna de la fidelidad de Dios. ¡Oh, profundidad de las riquezas tanto de la sabiduría como del amor de Dios! “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios”. 1 Juan 3:1.—Mensajes Selectos 1:302.SVC 73.3

    El universo celestial se maravilla—Este es el misterio de la piedad. Que Cristo haya tomado la naturaleza humana, y que por una vida de humillación eleve al hombre en la escala del valor moral junto a Dios; que pueda llevar la naturaleza que adoptó junto al trono de Dios, y que allí presente a sus hijos al Padre, confiriéndoles un honor que excede al que les ha otorgado a los ángeles, es la maravilla del universo celestial, el misterio que los ángeles desean contemplar. Este es el amor que quebranta el corazón del pecador.—Hijos e Hijas de Dios, 24.SVC 74.1

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