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La Única Esperanza

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    Capítulo 21—Ante Herodes

    Herodes nunca se había encontrado con Jesús, pero hacía mucho tiempo que deseaba verlo con el fin de presenciar su poder maravilloso. Cuando el Salvador fue traído ante su presencia, la turba se apiñó alrededor de él, unos clamando una cosa y otros gritando otra. Herodes ordenó silencio, porque deseaba interrogar al preso.UE 117.1

    Miró con curiosidad y lástima el pálido rostro de Cristo. Vio allí las evidencias de una sabiduría profunda y de una pureza inmaculada. Al igual que Pilato, se convenció de que sólo la malicia y la envidia habían inducido a los judíos a acusar al Salvador.UE 117.2

    Herodes insistió en que Cristo realizara delante de él uno de sus milagros maravillosos. Le prometió liberarlo si así lo hacía. Hizo traer personas tullidas y deformes y ordenó a Jesús que las sanara. Pero el Salvador no contestó; estaba ante Herodes como quien no oye ni ve.UE 118.1

    El Hijo de Dios había tomado sobre sí la naturaleza humana. Debía actuar como cualquier hombre actuaría en circunstancias similares. Por lo tanto, no podía obrar un milagro para satisfacer la curiosidad, o para salvarse del dolor y la humillación.UE 118.2

    Sus acusadores se aterrorizaron cuando Herodes ordenó a Cristo que hiciera un milagro. De todas las cosas, lo que más temían era una manifestación de su poder divino. Eso hubiera significado el fracaso de sus planes y tal vez les habría costado la vida. De manera que empezaron a gritar que Jesús obraba milagros por el poder de Beelzebú, príncipe de los demonios.UE 118.3

    Varios años antes de esto, Herodes había escuchado las enseñanzas de Juan el Bautista. Aunque había sido profundamente impresionado por ellas, no había abandonado su vida de intemperancia y pecado. Su corazón se fue endureciendo más, a tal punto que en cierto día, bajo los efectos de la bebida, mandó decapitar al profeta para complacer a la perversa Herodías.UE 118.4

    Su corazón ahora se había endurecido más todavía. No podía soportar el silencio de Jesús. Su rostro se desdibujó a causa del enojo y con toda furia amenazó al Salvador, que aún permanecía silencioso e inmóvil.UE 118.5

    Cristo había venido al mundo para sanar a los quebrantados de corazón. Si en ese momento, pronunciando alguna palabra, hubiese podido sanar las heridas de las personas enfermas de pecado, no habría guardado silencio. Pero no tenía palabras para aquellos que querían solamente pisotear la verdad bajo sus pies profanos.UE 118.6

    El Salvador podía hablarle a Herodes palabras que atravezaran los oídos del rey endurecido. Podía herirlo de temor y temblor, colocando ante él toda la iniquidad de su vida, y el horror de su inminente condenación. Pero el silencio de Cristo fue el más severo reproche que podría haberle hecho.UE 119.1

    Aquellos oídos que habían estado siempre abiertos para escuchar el clamor del dolor humano, no tenían lugar para la orden de Herodes. Aquel corazón siempre conmovido por la súplica, aun del peor de los pecadores, estaba cerrado al rey arrogante que no sentía necesidad de un Salvador.UE 119.2

    Lleno de ira, Herodes se volvió a la multitud y denunció a Jesús como un impostor. Pero los acusadores del Salvador sabían muy bien que no era un impostor. Habían presenciado tantas veces sus maravillosas obras, que ahora les resultaba imposible creer semejante acusación.UE 119.3

    Entonces el rey comenzó a insultar y ridiculizar al Hijo de Dios. “Entonces Herodes con sus soldados lo menospreció, y se burló de él, vistiéndolo con una ropa espléndida”. Lucas 23:11.UE 119.4

    Cuando el rey malvado vio que Jesús aceptaba en silencio toda esa injusticia, lo conmovió un repentino temor de que el que estaba delante él no fuera un hombre común. Se sintió perplejo al pensar que este preso pudiera ser un personaje celestial que había bajado a la tierra.UE 119.5

    Herodes no se atrevió ratificar la condenación de Jesús. Quería liberarse de la terrible responsabilidad y lo envió de vuelta a Pilato.UE 119.6

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