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La Única Esperanza

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    Capítulo 23—La gloria del Calvario

    Jesús fue conducido apresuradamente al Calvario entre los gritos y las burlas de la turba. Al pasar por el portal del atrio de Pilato, la pesada cruz que había sido preparada para Barrabás fue colocada sobre sus hombros heridos y sangrantes. Se pusieron también cruces sobre dos ladrones que iban a sufrir la muerte al mismo tiempo que Jesús.UE 127.1

    El peso era demasiado grande para el Salvador; estaba débil y dolorido. Después de avanzar unos pocos metros cayó exhausto bajo la cruz.UE 127.2

    Cuando se repuso, otra vez le colocaron la cruz sobre sus hombros. Vaciló unos pasos y de nuevo exánime cayó a tierra. Sus perseguidores comprendieron que era imposible para él avanzar más con ese peso, y vieron la necesidad de encontrar a alguien que llevara la humillante carga.UE 128.1

    En ese preciso momento se cruzaron con un extranjero, Simón de Cirene, que venía del campo. Le cargaron la cruz y lo obligaron a llevarla al Calvario.UE 128.2

    Los hijos de Simón eran discípulos de Jesús, pero él no había aceptado al Salvador. Después de esto, Simón estuvo siempre agradecido por el privilegio de llevar la cruz del Redentor. La carga que le obligaron a llevar llegó a ser el medio de su conversión. Los acontecimientos del Calvario y las palabras pronunciadas por Jesús, indujeron a Simón a aceptarlo como el Hijo de Dios.UE 128.3

    Al llegar al lugar de la crucifixión, los condenados fueron atados a los instrumentos de tortura. Los dos ladrones forcejearon en las manos de aquellos que los ataban a la cruz; pero el Salvador no opuso ninguna resistencia.UE 128.4

    La madre de Jesús lo había seguido en ese terrible camino al Calvario. Al caer exhausto bajo la pesada carga, anheló auxiliarlo, pero no se le permitió ese privilegio.UE 128.5

    A cada paso de aquel fatigoso camino, María había esperado que Jesús manifestara el poder que Dios le había concedido y se liberara de la turba asesina. Ahora que había llegado la escena final, y veía a los ladrones atados a la cruz, ¡qué agonía de duda y temor debió soportar!UE 128.6

    ¿Permitiría que mataran a aquel que había dado la vida a los muertos? ¿El propio Hijo de Dios soportaría que lo crucificaran tan cruelmente? ¿Debía ella abandonar su fe en que él era el Mesías?UE 128.7

    Vio sus extremidades atadas a la cruz, aquellas manos que siempre se habían extendido para bendecir a los que sufrían. Trajeron el martillo y los clavos, y mientras sus palmas eran perforadas, los discípulos, con el corazón quebrantado, retiraron de la escena cruel a la desfalleciente madre de Jesús.UE 128.8

    El Salvador no murmuró ni se quejó; su rostro permanecía pálido y sereno, pero grandes gotas de sudor mojaban su frente. Sus discípulos habían huido de la terrible escena. Así se cumplió lo que dijo el profeta: “He pisado yo solo el lagar; de los pueblos nadie había conmigo”. Isaías 63:3.UE 129.1

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