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Testimonios Selectos Tomo 2

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    Capítulo 17—Lealtad a Dios bajo la persecución

    Este capítulo está basado en Hechos 5:17-42.

    En Jerusalén, donde existían los más arraigados prejuicios y dominaban las más confusas ideas acerca de Aquel que había sido crucificado como un malhechor, los discípulos proseguían predicando valientemente las palabras de vida y exponiendo ante los judíos la obra y misión de Cristo, su crucifixión, resurrección y ascensión. Los sacerdotes y magistrados oían admirados el explícito e intrépido testimonio de los apóstoles. El poder del resucitado Salvador se había transferido en efecto a los discípulos cuya obra iba acompañada de señales y milagros que diariamente acrecentaban el número de creyentes.2TS 104.1

    Vieron los sacerdotes y magistrados que Cristo era ensalzado por encima de ellos. Como los saduceos no creían en la resurrección, se encolerizaron al oir a los discípulos afirmar que Cristo había resucitado de entre los muertos, pues comprendían que si se dejaba a los apóstoles predicar a un resucitado Salvador y obrar milagros en su nombre, rechazaría la gente la doctrina que ellos enseñaban negando la resurrección, y pronto se extinguiría la secta de los saduceos. Por su parte, los fariseos se enojaron al notar que las enseñanzas de los discípulos propendían a suprimir las ceremonias judaicas e invalidar los sacrificios.2TS 104.2

    Vanos habían sido los esfuerzos hechos hasta entonces para suprimir la nueva doctrina; pero los saduceos y fariseos determinaron conjuntamente hacer cesar la obra de los discípulos, pues demostraba la culpabilidad que ellos tenían en la muerte de Jesús. Poseídos de indignación, los sacerdotes echaron violentamente mano a Pedro y Juan y los pusieron en la cárcel pública.2TS 104.3

    No se intimidaron ni se abatieron los discípulos por semejante trato. El Espíritu Santo les recordó las palabras de Cristo: “No es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.” “Os echarán de las sinagogas; y aun viene la hora, cuando cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios.” “Mas os he dichó esto, para que cuando aquella hora viniere, os acordéis de que yo os lo había dicho.” 1Juan 15:20, 21; 16:2, 4.2TS 105.1

    El Dios del cielo, el poderoso Gobernador del universo tomó por su cuenta el asunto del encarcelamiento de los discípulos; porque los hombres guerreaban contra su obra. Durante la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y dijo a los discípulos: “Id, y estando en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida.”2TS 105.2

    Dios había dicho: “Id” y ellos obedecieron. “Entraron de mañana en el templo, y enseñaban.”2TS 105.3

    Cuando Pedro y Juan se presentaron ante los fieles y refirieron cómo el ángel los había guiado por entre la tropa de soldados que guardaba la cárcel, ordenándoles que reanudaran la interrumpida obra, se llenaron los hermanos de admiración y gozo.2TS 105.4

    Entretanto, el príncipe de los sacerdotes y los que eran con él “convocaron el concilio, y a todos los ancianos de los hijos de Israel.” Los sacerdotes y magistrados decidieron acusar a los discípulos de ser insurrectos, de haber asesinado a Ananías y Safira, y de conspirar para desposeer de su autoridad a los sacerdotes, esperando con ello excitar a las turbas de modo que interviniesen en el asunto y trataran a los discípulos como habían tratado a Jesús.2TS 105.5

    Cuando enviaron por los presos para que comparecieran ante su presencia, grande fué el asombro general al recibirse la noticia de que se había hallado las puertas de la cárcel cerradas con toda seguridad y a los guardas delante de ellas, pero que no se podía encontrar a los presos en ninguna parte.2TS 106.1

    Pronto llegó este sorprendente informe: “He aquí, los varones que echasteis en la cárcel, están en el templo, y enseñan al pueblo. Entonces fué el magistrado con los ministros, y trájolos sin violencia; porque temían del pueblo ser apedreados.”2TS 106.2

    Aunque los apóstoles habían sido milagrosamente libertados de la cárcel, no se libraron de indagatoria y castigo. Cristo les había dicho cuando estuvo con ellos: “Mirad por vosotros: porque os entregarán en los concilios.” 2Marcos 13:9. Al enviarles un ángel para libertarlos, Dios les había dado una muestra de su amor y una seguridad de su presencia. Ahora les tocaba a ellos por su parte sufrir por causa de Aquel cuyo evangelio predicaban.2TS 106.3

    La historia de los profetas y apóstoles nos ofrece muchos nobles ejemplos de lealtad a Dios. Los testigos de Cristo han sufrido cárcel, tormento y la misma muerte antes de quebrantar los mandamientos de Dios. El ejemplo de Pedro y Juan es heroico cual ninguno en la dispensación evangélica. Al presentarse por segunda vez ante los hombres que parecían resueltos a destruirlos, no se advirtió señal ninguna de temor ni vacilación en sus palabras y ademanes. Y cuando el pontífice les dijo: “¿No os denunciamos estrechamente, que no enseñaseis en este nombre? y he aquí, habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de este hombre,” Pedro respondió: “Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.” Un ángel del cielo los había librado de la cárcel y ordenádoles que enseñaran en el templo. Al seguir sus instrucciones obedecían el divino mandato, y así debían proseguir haciéndolo a pesar de cuántos impedimentos encontraran para ello.2TS 106.4

    Entonces el espíritu de inspiración descendió sobre los discípulos. Los acusados se convirtieron en acusadores, inculpando de la muerte de Cristo a quienes componían el concilio. Pedro declaró: “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.”2TS 107.1

    Tan airados se pusieron los judíos al oir estas palabras, que resolvieron juzgar por sí mismos y sin más proceso ni consentimiento de los magistrados romanos, condenar a muerte a los presos. Culpables ya de la sangre de Cristo, ansiaban ahora mancharse las manos con la sangre de sus discípulos.2TS 107.2

    Pero había en el concilio un varón que reconoció la voz de Dios en las palabras de los discípulos. Era Gamaliel, un fariseo de buena reputación, hombre erudito y de elevada categoría social. Su claro criterio comprendió que la violenta medida propuesta por los sacerdotes tendría terribles consecuencias. Antes de hablar a sus compañeros de concilio, pidió Gamaliel que se hiciese salir de allí a los presos, pues sabía con quiénes trataba, y que los matadores de Cristo no vacilarían en nada con tal de llevar adelante su propósito.2TS 107.3

    Con mucho aplomo y sensatez, Gamaliel se puso de pie y dijo:2TS 108.1

    “Varones israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis de hacer. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; al que se agregó un número de hombres como cuatrocientos: el cual fué matado; y todos los que le creyeron fueron dispersos y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el galileo en los días del empadronamiento, y llevó mucho pueblo tras sí. Pereció también aquél; y todos los que consintieron con él, fueron derramados. Y ahora os digo: Dejaos de estos hombres, y dejadles; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá: más si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo a Dios.”2TS 108.2

    Los sacerdotes comprendieron lo razonable de esta opinión, y no pudieron menos que convenir con Gamaliel. Sin embargo, no les fué posible dominar sus odios y prejuicios, y de muy mala gana, después de mandar que azotasen a los discípulos e intimarlos bajo pena de la vida a que no volviesen a predicar en el nombre de Jesús, los soltaron. “Y ellos partieron de delante del concilio, gozosos de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”2TS 108.3

    ¿Cuál fué la fortaleza de los que en pasados tiempos padecieron persecución por causa de Cristo? Consistió en su unión con Dios, con el Espíritu Santo y con Cristo. El vituperio y la persecución han separado a muchos de sus afectos terrenos, pero nunca del amor de Cristo. Nunca es tan amada de su Salvador el alma combatida por las tormentas de la prueba como cuando padece afrenta por la verdad. “Yo le amaré, y me manifestaré a él” dijo Cristo. 1Juan 14:21. Cuando el creyente se sienta en el banquillo de los acusados ante los tribunales terrenos por la causa de la verdad, está Cristo a su lado. Cuando se ve recluido entre las paredes de una cárcel, Cristo se le manifiesta y le consuela el corazón con su amor. Cuando padece la muerte por causa de Cristo, el Salvador le dice: Podrán matar el cuerpo, pero no dañará el alma. “Confiad, yo he vencido al mundo.” 2Juan 16:33. “No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” 3Isaías 41:10.2TS 108.4

    “Los que confían en Jehová son como el monte Sión, que no deslizará: estará para siempre. Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre.” “De engaño y de violencia redimirá sus almas; y la sangre de ellos será preciosa en sus ojos.” 4Salmos 125:1, 2; 72:14.2TS 109.1

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