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Mensajes Selectos Tomo 2

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    No necesitamos temer

    No hay necesidad de dudar ni de temer que la obra no tenga éxito. Dios encabeza la obra y él pondrá en orden todas las cosas. Si hay que realizar ajustes en la plana directiva de la obra, Dios se ocupará de eso y enderezará todo lo que esté torcido. Tengamos fe en que Dios conducirá con seguridad hasta el puerto el noble barco que lleva al pueblo de Dios.2MS 449.3

    Cuando viajé desde Portland, Maine, hasta Boston, hace muchos años, nos sobrecogió una tormenta, y las grandes olas nos llevaban de un lado a otro. Los candelabros se desprendieron y cayeron, y los baúles rodaban de un lado a otro, como pelotas. Los pasajeros estaban aterrorizados y muchos gritaban porque esperaban la muerte.2MS 449.4

    Después de un tiempo, el piloto subió al puente. El capitán permaneció cerca del piloto mientras éste se ocupaba del timón, y expresó sus temores acerca del rumbo que se imprimía al barco. “¿Quiere Ud. tomar el timón?”, preguntó el piloto. El capitán no estaba dispuesto a hacer tal cosa, porque sabía que carecía de la experiencia necesaria.2MS 450.1

    Luego algunos de los pasajeros se inquietaron y dijeron que temían que el piloto hiciera que se estrellaran contra las rocas. “¿Quieren Uds. tomar el timón?”, preguntó otra vez el piloto; pero ellos sabían que no podían manejar el timón.2MS 450.2

    Cuando penséis que la obra corre peligro, orad: “Señor, dirige el timón. Ayúdanos a salir de la perplejidad y llévanos a salvo al puerto”. ¿No tenemos razón para creer que el Señor nos hará salir triunfantes?2MS 450.3

    Algunos trabajan en la obra desde hace largo tiempo. He conocido a algunos de vosotros durante treinta años. Hermanos, ¿no hemos visto sobrevenir una crisis tras otra en la obra, y el Señor no nos ha llevado en salvo a través de ella y no ha obrado para gloria de su nombre? ¿No podéis creer en él? ¿No podéis encomendarle la causa a él? Con vuestra mente finita no podéis comprender el funcionamiento de todas las providencias de Dios. Dejad que Dios se encargue de su propia obra.—The Review and Herald, 20 de septiembre de 1892.2MS 450.4

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