Ellen G. White Writings

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El Ministerio Médico, Page 193

santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”.—Carta 6a, 1890.

Una apelación a ejercer más simpatía

El médico cristiano es un ministro del orden más elevado. Es un misionero. Los que por medio de su habilidad y fidelidad, de su esfuerzo dedicado y por la sabiduría proveniente de Dios pueden aliviar el dolor corporal, se colocan en una relación tal con sus pacientes que pueden guiarlos al Gran Sanador del alma, quien puede decir: “Tus pecados te son perdonados”.

Hay que ganar la confianza de los pacientes

Usted es muy reservado. En sus manos está la facultad de atraer al enfermo a su corazón, y si no obtiene la confianza de sus pacientes es porque no percibe la gran necesidad de tacto e ingeniosidad que demanda el servicio al alma y el cuerpo. No justifico a nadie que engañe al moribundo. De la forma más bondadosa que sea posible, dígale la verdad en relación a su caso (como creo que lo hace), y luego diríjalo a Jesús como su única esperanza.

Usted no tiene derecho a encerrarse dentro de sí mismo y no decir casi nada a los pacientes. No debe hacerlos esperar para comunicarles el dictamen de su caso personal. No es justo que les cause sufrimiento mental por una demora innecesaria. Todo caso debe recibir una atención pronta en su turno y de acuerdo con su necesidad. La negligencia en este respecto lo ha perjudicado a usted desde el mismo comienzo de su ejercicio de la medicina. No tiene que ser así; no debiera ser así.

Se me ha mostrado que este defecto suyo de carácter ha dado ocasión a que hombres y mujeres lo maldigan... y que casi blasfemen de Dios. Si yo pensara que esto no se puede corregir, no le escribiría como lo hago ahora. Su deber

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