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El Ministerio Médico

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    El deber de ser santo e incorrupto

    Sólo es seguro que sigamos lo que es puro, amable y de buen nombre. Los seres humanos están bajo la obligación más sagradas ante Dios de ser santos e incorruptos, pues han sido comprados con un precio; sí, el precio de la sangre del Hijo de Dios. Por sus votos bautismales, han hecho una promesa solemne de no hacer nada que ocasione oprobio al nombre de los cristianos. Ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el profeso cristiano se compromete a dejar de lado el orgullo, la codicia y la incredulidad. Y al par que el verdadero cristiano busca cumplir su voto, confía menos en sí mismo. Constantemente depende más de Dios. Su reverencia y amor por el Salvador aumentan en forma constante y se convierte en un testigo vivo del Maestro. Él es consciente de lo que significa ser hijo de Dios. Tiene un sentido real de que la sangre purificadora de Cristo le asegura perdón y elevación de carácter. Crece espiritualmente como el majestuoso cedro. Diariamente sostiene comunión con Dios y tiene un tesoro en conocimientos de donde obtener aún más. Es poderoso en el conocimiento de las Escrituras. Su compañerismo es con el Padre y el Hijo y conoce más y aún más de la voluntad divina. Está lleno de un amor que crece constantemente hacia Dios y su prójimo.—Carta 46, 1901.MM 165.3

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