Ellen G. White Writings

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El Ministerio Médico, Page 303

hombre.—Manuscrito 115, 1903.

Lo que podemos hacer por nosotros mismos

Con relación a lo que podemos hacer por nosotros mismos hay un punto que requiere consideración esmerada y seria. Debo conocerme a mí mismo. Debo ser un aprendiz continuo acerca de cómo cuidar este edificio, el cuerpo que Dios me ha dado, para preservarlo en el mejor estado de salud. Debo comer las cosas que contribuirán a mi mejoría física y ejercer cuidado especial para que mi vestimenta sea tal que permita una circulación saludable de la sangre. No debo privarme del ejercicio ni del aire. Debo tomar toda la luz del sol que me sea posible obtener. Debo saber bien cómo ser un fiel guardián de mi cuerpo.

Algo muy insensato sería entrar a un cuarto frío cuando estoy sudando; sería un mayordomo imprudente si me sentara en una corriente de aire frío y me expusiera a un resfriado. Sería poco aconsejable sentarme con los pies y los miembros fríos, y de esta manera devolver la sangre de las extremidades al cerebro o a los órganos internos. Siempre debo protegerme los pies en tiempo húmedo. Debo comer regularmente el alimento más saludable que se convierta en sangre de la mejor calidad, y no debo trabajar en forma intemperante si está a mi alcance evitarlo. Cuando viole las leyes que Dios ha establecido en mi ser, debo arrepentirme, reformarme y colocarme en el estado más favorable bajo los doctores que Dios a provisto: el aire puro, el agua pura y la preciosa y curativa luz del sol.

La presunción y la indolencia

Si no hacemos lo que está al alcance de casi cada familia, es simple presunción pedirle al Señor que nos libere del dolor cuando somos muy indolentes para hacer uso de estos remedios que están a nuestro alcance. El

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