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Mensajes Selectos Tomo 1

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    Un caso notable en Australia

    El sábado 25 de mayo [1895], celebramos una preciosa reunión en el local donde se reunían nuestros hermanos en North Fitzroy. Varios días antes de la reunión, yo sabía que se esperaba que yo hablara en la iglesia el sábado, pero desgraciadamente sufría de un fuerte resfriado y estaba muy ronca. Me sentí inclinada a excusarme de ese compromiso, pero como era mi única oportunidad, dije: “Me presentaré delante de los hermanos, y creo que el Señor contestará mis fervientes oraciones y quitará mi ronquera, de modo que pueda dar el mensaje”. Expuse ante mi Padre celestial la promesa: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá... Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Lucas 11:9-13...1MS 171.2

    La promesa de Dios es segura. Yo había pedido, y creía que podría hablar a la gente. Elegí un pasaje de las Escrituras, pero cuando me levanté para hablar, me fue quitado de la mente y me sentí impresionada a hablar del primer capítulo de segunda de Pedro. El Señor me dio fluidez especial para presentar el valor de la gracia de Dios... Con la ayuda del Espíritu Santo, pude hablar con claridad y poder.1MS 171.3

    Al terminar mi discurso, me sentí impresionada por el Espíritu de Dios a extender una invitación a que pasaran al frente todos los que deseaban entregarse plenamente al Señor. Los que sentían la necesidad de las oraciones de los siervos de Dios fueron invitados a manifestarlo. Pasaron al frente unos treinta. Entre ellos estaban las esposas de los Hnos. F, que por primera vez manifestaron su deseo de acercarse a Dios. Mi corazón estuvo lleno de una gratitud inexpresable por la decisión tomada por esas dos mujeres.1MS 172.1

    Entonces pude ver por qué me había sentido tan fervientemente impulsada a presentar esa invitación. Había vacilado al principio, preguntándome si era lo mejor proceder así puesto que, hasta donde yo pudiera ver, mi hijo y yo éramos los únicos que podían ser de ayuda en aquella ocasión. Pero, como si alguien me hubiera hablado, pasó el pensamiento por mi mente: “¿No puedes confiar en el Señor?” Dije: “Lo haré, Señor”. Aunque mi hijo quedó muy sorprendido de que yo hiciera una invitación tal en esa ocasión, se puso a tono con la emergencia. Nunca le oí hablar con mayor poder o sentimiento más profundo que en aquella oportunidad. Pidió la cooperación de los hermanos Faulkhead y Salisbury para que pasaran al frente, y nos arrodillamos en oración. Mi hijo dirigió en oración, y seguramente el Señor le dictó su petición, pues parecía orar como si hubiera estado en la presencia de Dios. Los hermanos Faulkhead y Salisbury también presentaron fervorosas peticiones y entonces el Señor me dio voz para orar. Me acordé de las hermanas F, que por primera vez se decidían públicamente por la verdad. El Espíritu Santo estuvo en la reunión, y muchos fueron conmovidos por su influencia profunda.1MS 172.2

    Al terminar la reunión, muchos se afanaron por llegar hasta la plataforma y, tomándome de la mano, me pedían con lágrimas en los ojos que orara por ellos. Les contesté cordialmente que así lo haría. Las hermanas F me fueron presentadas y descubrí que sus corazones eran muy tiernos... La madre de una de las hermanas, que ahora se ha decidido por la verdad, fue una enconada opositora y amenazó a su hija con no permitirle entrar en el hogar si se convertía en observadora del sábado, pues la madre la consideraría como una desgracia para la familia. La Sra. F había declarado con frecuencia que nunca se uniría con los adventistas del séptimo día. Había sido criada en la Iglesia Presbiteriana, y se le había enseñado que era muy impropio que las mujeres hablaran en una reunión, y que estaba más allá de toda noción de decoro el que predicara una mujer. A ella le gustaba escuchar a los pastores Daniells y Corliss, y pensaba que eran oradores muy inteligentes, pero no quería escuchar la predicación de una mujer. Su esposo había orado al Señor para que arreglara las cosas de tal manera que pudiera convertirse mediante el ministerio de la Hna. White. Cuando presenté la exhortación e insté a que pasaran al frente los que sentían su necesidad de acercarse más a Dios, esas hermanas pasaron al frente para sorpresa de todos. La hermana que había perdido a su hijito dijo que estaba determinada a no pasar adelante, pero que el Espíritu del Señor la impresionó tan fuertemente que no se atrevió a rehusar... Me siento tan agradecida a mi Padre celestial por su bondad amante que atrajo a esas dos preciosas almas para que se unieran con sus esposos en la obediencia de la verdad.—The Review and Herald, 30 de julio de 1895.1MS 172.3

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