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Testimonios para la Iglesia, Tomo 3

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    El hijo pródigo

    Se me llamó la atención a la parábola del hijo pródigo. Pidió a su padre que le diera su porción de la herencia. Deseaba separar sus intereses de los de su padre y manejar su parte según su propia inclinación. El padre aceptó esta petición, y el hijo, egoístamente, se apartó de él, a fin de no sentirse molesto con sus consejos y reproches.3TPI 115.1

    Pensaba que sería muy feliz cuando pudiera emplear su parte de la herencia de acuerdo con su propio placer, sin sentirse coartado por las advertencias o las restricciones. No deseaba sentir la molestia de la obligación mutua. Si compartía la propiedad con su padre, éste tenía derecho sobre él como hijo. Pero no sentía obligación alguna hacia su generoso progenitor, y fortaleció su espíritu rebelde y egoísta con la idea de que le pertenecía una parte de la propiedad del autor de sus días. Exigió esa parte cuando en justicia no podía pedir nada ni debiera haber recibido nada.3TPI 115.2

    Después que el egoísta hubo recibido el tesoro del cual era tan indigno, se alejó como si hasta quisiera olvidarse de que tenía padre. Despreció la restricción y se decidió plenamente a obtener el placer del modo y la manera que mejor le pareciese. Después de haber gastado en sus complacencias pecaminosas todo lo que su padre le diera, se produjo una hambruna en el país, y se sintió atenaceado por la necesidad. Entonces comenzó a lamentarse por su conducta pecaminosa y sus placeres extravagantes, porque se encontraba desprovisto de todo y necesitaba los medios que había dilapidado. Se vio obligado a descender de su vida de satisfacciones pecaminosas al oficio degradante de porquerizo.3TPI 115.3

    Después de haber caído hasta el fondo, pensó en la amabilidad y bondad paternas. Entonces sintió la necesidad de un padre. Por su propia culpa se encontraba sin amigos y sufriendo privaciones. Su desobediencia y pecado habían dado como consecuencia que se encontrara ahora separado de su progenitor. Pensó en los privilegios y bondades que los jornaleros de éste gozaban libremente, mientras él, que se había alejado de la casa de su padre, perecía de hambre. Humillado por la adversidad, decidió volver a él y confesar humildemente su falta. Era un pordiosero que carecía de ropas confortables e incluso decentes. Estaba arruinado por causa de las privaciones y enflaquecido por el hambre.3TPI 115.4

    Cuando se encontraba a cierta distancia de su hogar, su padre vio al vagabundo, y lo primero que hizo fue pensar en aquel hijo rebelde que le abandonara años antes para entregarse a una vida de pecado sin restricciones. Sus sentimientos paternos se conmovieron. A pesar de todas las señales de degradación, discernió su propia imagen en el hijo. No esperó a que éste recorriera toda la distancia, sino que se apresuró a ir a su encuentro. No le dirigió reproches, sino que, con la más tierna compasión y piedad por el hecho de que a causa de su propia conducta pecaminosa se había atraído tantos sufrimientos, se apresuró a darle pruebas de su amor y de su perdón.3TPI 116.1

    A pesar de que su hijo estaba demacrado y su rostro indicaba claramente la vida disoluta que había llevado, a pesar de venir cubierto con los andrajos de un pordiosero y con los pies desnudos sucios por el polvo del camino, el padre sintió la más profunda piedad cuando éste cayó postrado humildemente delante de él. No se contuvo en su dignidad; no fue exigente. No desplegó ante él la conducta errónea y pecaminosa del pasado, para hacerle sentir cuánto había caído. Lo levantó y lo besó. Estrechó a su hijo rebelde contra su corazón y envolvió en su propia rica túnica su cuerpo casi desnudo. Lo abrazó contra su pecho con tanto calor, y manifestó tanta piedad, que si alguna vez el hijo había dudado de la bondad y amor de su padre, no podía seguir haciéndolo. Si era consciente de su pecado cuando decidió regresar a la casa del autor de sus días, tuvo una sensación aun más profunda de su ingrata conducta cuando se le recibió de esta manera. Su corazón, ya vencido, se quebrantó ahora debido a que comprendía que había contristado el amor de ese padre.3TPI 116.2

    El hijo penitente y tembloroso, que sentía gran temor de ser repudiado, no estaba preparado para tal recibimiento. Sabía que no lo merecía, y de este modo reconoció el pecado que cometiera al abandonar a su padre: “He pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Lucas 15:21. Sólo pedía que se le aceptara como jornalero. Pero el padre pidió a sus siervos que le dieran señales especiales de respeto y que lo vistieran como si siempre hubiera sido su hijo obediente.3TPI 116.3

    El padre hizo del regreso de su hijo una ocasión de regocijo especial. El hijo mayor, que se encontraba en el campo, no sabía que su hermano había regresado, pero escuchó las demostraciones generales de regocijo y preguntó a los siervos qué significaba todo aquello. Se le explicó que su hermano, a quien creían muerto, había regresado, y que su padre había dado muerte al becerro grueso para él debido a que lo recibía como si hubiera resucitado de los muertos.3TPI 117.1

    Entonces el hermano se enojó y no quiso ir a verlo ni a recibirlo. Se sentía muy indignado debido a que se recibía ahora con tanto honor al infiel, que había abandonado a su padre y le había dejado a él la pesada responsabilidad de cumplir con los deberes que debían haber compartido ambos. Este hermano se había entregado a una vida de maldad y libertinaje, había dilapidado los bienes que su padre le diera, hasta verse reducido a la necesidad, mientras que él había sido fiel en el hogar al llevar a cabo todos sus deberes de hijo; y ahora, este disoluto llega a casa y lo reciben con respeto y honor superiores a todo lo que él jamás había recibido.3TPI 117.2

    El padre suplicó a su hijo mayor que fuera y recibiese a su hermano con alegría, debido a que estaba perdido, pero había sido hallado; estaba muerto en delitos y pecados, pero vivía de nuevo; había adquirido sensibilidad moral y aborrecía su vida de pecado. Pero el hijo mayor manifestó: “He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo”. Lucas 15:29, 30.3TPI 117.3

    El anciano le aseguró a su hijo que siempre estaba con él, y que todo lo que tenía era suyo, pero que era correcto que manifestara su alegría de esa manera porque su “hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”. Lucas 15:32. Para el padre, el hecho de que el perdido era hallado, el muerto había revivido, sobrepujaba todas las demás consideraciones.3TPI 117.4

    Esta parábola fue dada por Cristo para representar la manera en que nuestro Padre celestial recibe a los errantes y arrepentidos. El padre es aquel contra el cual se ha pecado; sin embargo, en la compasión de su alma, lleno de piedad y perdón se encuentra con el pródigo y le revela la gran alegría que significa para él que éste su hijo, a quien creía muerto a todo afecto filial, haya llegado a ser sensible a su gran pecado y negligencia, y haya vuelto a su padre, apreciando su amor y reconociendo sus requerimientos. Sabe que el hijo aquel, que se había entregado a una vida de pecado y que ahora está arrepentido, necesita de su piedad y amor. Ha sufrido; ha sentido su necesidad, y viene hacia su padre confiando en que es el único que puede suplir su gran necesidad.3TPI 118.1

    El regreso del hijo pródigo fue fuente de la mayor alegría. Las quejas del hijo mayor eran naturales, pero incorrectas. Sin embargo, ésa es frecuentemente la actitud que asume un hermano contra el otro. Se esfuerzan demasiado por hacer notar dónde han errado los que se encuentran en el error, y en recordarles siempre sus equivocaciones. Los que han errado necesitan compasión, ayuda y aceptación. Sufren, y con frecuencia están abatidos y desalentados. Necesitan sobre todo un amplio perdón.3TPI 118.2

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