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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Visión de Jesús

    Poco tiempo después tuve otro sueño. Me veía sentada con profunda desesperación, el rostro oculto entre las manos, y me decía reflexionando: Si Jesús estuviese en la tierra, iría a postrarme a sus pies y le manifestaría mis sufrimientos. No me rechazaría. Tendría misericordia de mí, y por siempre le amaría y serviría.1TS 25.3

    En aquel momento se abrió la puerta y entró un personaje de hermoso aspecto y porte. Miróme compasivamente, y dijo: “¿Deseas ver a Jesús? Aquí está, y puedes verle si quieres. Toma cuanto tengas y sígueme.”1TS 25.4

    Oí estas palabras con indecible gozo, y alegremente recogí cuanto poseía, todas las cositas que apreciaba, y seguí a mi guía. Me condujo a una escarpada y en apariencia quebradiza escalera. Al empezar a subir los peldaños, me advirtió el guía que mantuviera la vista en alto, pues de lo contrario corría el riesgo de desmayar y caer. Muchos otros que trepaban por la escalonada caían antes de llegar a la cima.1TS 25.5

    Finalmente llegamos al último peldaño, y nos detuvimos ante una puerta. Allí el guía me indicó que dejase cuanto había traído conmigo. Yo lo depuse todo alegremente. Entonces el guía abrió la puerta, y me mandó entrar. En un momento estuve delante de Jesús. No cabía error, pues aquella hermosa figura, aquella expresión de benevolencia y majestad, no podían ser de otro. Al mirarme comprendí en seguida que conocía todas las vicisitudes de mi vida y todos mis íntimos pensamientos y emociones.1TS 26.1

    Traté de resguardarme de su mirada, pues me sentía incapaz de resistirla; pero él se me acercó sonriente y posando su mano sobre mi cabeza, dijo: “No temas.” El dulce sonido de su voz hizo vibrar mi corazón con una dicha que no había experimentado hasta entonces. Estaba yo muy por demás gozosa para pronunciar ni una palabra, y así fué que, profundamente conmovida, caí postrada a sus pies. Mientras que allí yacía impedida, presencié escenas de gloria y belleza que ante mi vista pasaban, y me parecía que hubiese alcanzado la salvación y paz del cielo. Por último, recobradas las fuerzas, me levanté. Todavía me miraban los amorosos ojos de Jesús, cuya sonrisa inundaba de alegría mi alma. Su presencia despertaba en mí santa veneración e inefable amor.1TS 26.2

    Abrió la puerta el guía, y ambos salimos. Me mandó que volviese a tomar todo lo que había dejado afuera. Hecho esto, me dió una cuerda verde fuertemente enrollada. Me encargó que me la colocara cerca del corazón y que cuando deseara ver a Jesús, la sacara de mi pecho y la desenrollara por completo. Advirtióme que no la tuviera mucho tiempo enrollada, pues de tenerla así, podría enredarse con nudos y ser muy difícil de estirar. Puse la cuerda junto a mi corazón y gozosamente bajé la angosta escalera, alabando al Señor y diciendo a cuantos se cruzaban en mi camino en dónde podrían encontrar a Jesús.1TS 26.3

    Este sueño me infundió esperanza. La cuerda verde era para mí el símbolo de la fe, y en mi alma alboreó la hermosa sencillez de la confianza en Dios.1TS 27.1

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