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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Capítulo 4—La fe adventista

    La familia de mi padre asistía todavía de vez en cuando a los cultos de la iglesia metodista, y también a las reuniones de clases que se celebraban en casas particulares.1TS 34.1

    Una noche fuimos, mi hermano Roberto y yo, a una reunión de clase. El pastor presidente estaba presente. Cuando a mi hermano le tocó el turno de dar testimonio, habló muy humildemente y, sin embargo, con mucha claridad, de lo necesario que era hallarse en perfecta disposición de ir al encuentro de nuestro Salvador cuando con poder y grande gloria viniese en las nubes de los cielos. Mientras mi hermano estuvo hablando, su semblante, de ordinario pálido, brillaba con celeste luz. Parecía transportado en espíritu por encima de todo lo que le rodeaba y hablaba como si estuviese en presencia de Jesús.1TS 34.2

    Cuando se me invitó a hablar, me levanté con ánimo tranquilo y el corazón henchido de amor y paz. Referí la historia de mi sufrimiento bajo la convicción de pecado, y cómo había recibido por fin la bendición durante tanto tiempo anhelada: la entera conformidad con la voluntad de Dios; y manifesté mi gozo por las nuevas de la pronta venida de mi Redentor para llevarse consigo a sus hijos.1TS 34.3

    Al terminar mi relato, me preguntó el pastor presidente si no sería mucho mejor vivir una vida larga y útil haciendo bien al prójimo, que no que Jesús viniera prestamente para destruir a los pobres pecadores. Respondí que deseaba el advenimiento de Jesús, porque entonces acabaría el pecado para siempre, y gozaríamos de eterna santificación, pues ya no habría demonio que nos tentase y extraviara.1TS 34.4

    Después de la reunión, noté que me trataban con señalada frialdad las mismas personas que antes me habían demostrado cariño y amistad. Mi hermano y yo nos volvimos a casa con la tristeza de vernos tan mal comprendidos por nuestros hermanos y de que en sus pechos despertara tan acerba oposición la idea del próximo advenimiento de Jesús.1TS 34.5

    Durante el regreso a casa, hablamos seriamente acerca de las pruebas de nuestra fe y esperanza. Mi hermano dijo:1TS 35.1

    —Elena, ¿estamos engañados? ¿Es una herejía esta esperanza en la próxima aparición de Cristo en la tierra, pues tan acremente se oponen a ella los pastores y los que profesan ser religiosos? Dicen que Jesús no vendrá en millares de millares de años. En caso de que siquiera se acercasen a la verdad, no podría acabar el mundo en nuestros días.1TS 35.2

    Yo no quise ni por un instante alentar la incredulidad; así que repliqué vivamente:1TS 35.3

    —No tengo la menor duda de que la doctrina predicada por el Sr. Miller sea la verdad. ¡Qué fuerza acompaña a sus palabras! ¡Qué convencimiento infunde en el corazón del pecador!1TS 35.4

    Seguimos hablando ingenuamente del asunto por el camino, y resolvimos que era nuestro deber y privilegio esperar la venida de nuestro Salvador, y que le más seguro sería disponernos para su aparición y estar preparados para recibirle gozosos. Si viniese, ¿cuál sería la perspectiva de quienes ahora decían: “Mi Señor se tarda en venir,” y no deseaban verle? Nos preguntábamos cómo podían los predicadores atreverse a aquietar el temor de los pecadores y apóstatas diciendo: “¡Paz, paz!” mientras que por todo el país se daba el mensaje de amonestación. Aquellos momentos nos parecían muy solemnes; y echábamos en cuenta que no teníamos tiempo que perder.1TS 35.5

    —Por el fruto se conoce el árbol—observó Roberto.—¿Qué ha hecho por nosotros esta creencia? Nos ha convencido de que no estábamos preparados para la venida del Señor; que debíamos purificar nuestro corazón so pena de no poder ir en paz al encuentro de nuestro Salvador. Nos ha movido a buscar nueva fuerza y renovada gracia en Dios. ¿Qué ha hecho por ti esta creencia, Elena? ¿Serías lo que eres si no hubieses oído la doctrina del pronto advenimiento de Cristo? ¡Qué esperanza ha infundido en tu corazón! ¡Cuánta paz, gozo y amor te ha dado! Y por mí lo ha hecho todo. Yo amo a Jesús y a todos los hermanos. Me complazco en la reunión de oración. Me gozo en orar y en leer la Biblia.1TS 35.6

    Ambos nos sentimos fortalecidos por esta conversación y resolvimos que no debíamos desviarnos de nuestras sinceras convicciones de la verdad y de la bienaventurada esperanza de que pronto vendría Cristo en las nubes de los cielos. En nuestro corazón sentimos agradecimiento porque podíamos discernir la preciosa luz y regocijarnos en esperar el advenimiento del Señor.1TS 36.1

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