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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Exhortaciones a la fidelidad

    Muy penoso me era decirles a los que andaban en error lo que respecto de ellos se me había mostrado. Me causaba mucha angustia ver a otros turbados o afligidos. Y cuando me veía obligada a declarar los mensajes, a menudo los suavizaba, y los hacía parecer tan favorables para las personas a quienes concerniesen como me era posible, y después me retiraba a la soledad para llorar en agonía de espíritu. Me fijaba en aquellos que parecían no tener que cuidar sino de sus almas y pensaba que, de hallarme yo en su situación, no me quejaría. Me era muy penoso referir los explícitos y terminantes testimonios recibidos de Dios. Anhelosamente aguardaba el resultado, y si los reprendidos se rebelaban contra la reprensión y después se oponían a la verdad, yo me preguntaba: ¿Habré dado debidamente el mensaje? ¿No podría haber algún medio de salvarlos? Y entonces se oprimía tan angustiosamente mi alma, que muchas veces la muerte habría sido para mí una mensajera bienvenida y la tumba, un dulce lugar de reposo.1TS 77.1

    No me daba cuenta de que, con estas dudas y preguntas, quebrantaba mi fidelidad, ni advertía el peligro y pecado de semejante conducta, hasta que fuí transportada en visión a la presencia de Jesús. Me miró ceñudo y apartó de mí su rostro. No es posible describir el terror y la agonía que sentí entonces. Postré mi rostro en el suelo ante él sin poder articular ni una palabra. ¡Oh, cuánto anhelaba ocultarme y esconderme de aquel terrible ceño! Entonces pude percatarme en parte de lo que sentirán los perdidos cuando griten a las montañas y a las peñas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero.” Apocalipsis 6:16.1TS 78.1

    Al rato, un ángel me mandó que me levantara, y difícil es describir lo que vieron mis ojos. Ante mí había una hueste, de cabellos desgreñados y vestidos desgarrados, en cuyos semblantes se retrataban el horror y la desesperación. Se me acercaron y restregaron sus vestiduras contra las mías. Miré después mi vestido y lo vi manchado de sangre. De nuevo caí como muerta a los pies del ángel que me acompañaba, y sin poder alegar ni una excusa, deseaba alejarme de aquel santo lugar.1TS 78.2

    El ángel me puso en pie y dijo:1TS 78.3

    —No es éste ahora tu caso; pero has visto esta escena para que sepas cuál será tu situación si descuidas declarar a los demás lo que el Señor te ha revelado. Pero si eres fiel hasta el fin, comerás del árbol de la vida y beberás del agua del río de vida. Habrás de sufrir mucho; pero basta la gracia de Dios.1TS 78.4

    Entonces me sentí con ánimo para hacer cuanto el Señor exigiese de mí, a fin de lograr su aprobación y no experimentar su terrible enojo.1TS 78.5

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