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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Último testimonio en reunión de clase

    No mucho después de esto, volvimos a concurrir a la reunión de clase. Queríamos tener ocasión de hablar del valioso amor de Dios que animaba nuestras almas. Yo, en particular, deseaba referir la bondad y misericordia del Señor para conmigo. Tan profundo cambio había yo experimentado que me parecía un deber aprovechar toda ocasión de atestiguar el amor de mi Salvador.1TS 36.2

    Cuando me llegó el turno de hablar, expuse las pruebas que tenía del amor de Jesús, y declaré que aguardaba con gozosa expectación el pronto encuentro con mi Redentor. La creencia de que estaba cercana la venida de Cristo había movido a mi alma a buscar vehementísimamente la santificación del Espíritu de Dios.1TS 36.3

    Al llegar a este punto, el director de la clase me interrumpió diciendo: “Hermana, Vd. recibió la santificación por medio del metodismo, hermana, por medio del metodismo, y no por medio de una teoría errónea.”1TS 37.1

    Me sentí compelida a confesar la verdad de que mi corazón no había recibido sus nuevas bendiciones por medio del metodismo, sino por las conmovedoras verdades referentes a la personal aparición de Jesús, que me habían infundido paz, gozo, y perfecto amor. Así terminó mi testimonio, el último que había de dar yo en clase con mis hermanos metodistas.1TS 37.2

    Después habló Roberto con su acostumbrada dulzura, pero de tan clara y conmovedora manera que algunos lloraron y se sintieron muy emocionados; pero otros tosían en señal de disentimiento y se mostraban sumamente inquietos.1TS 37.3

    Al salir de la clase volvimos a platicar acerca de nuestra fe, maravillándonos de que estos creyentes, nuestros hermanos y hermanas, llevasen tan a mal las palabras referentes al advenimiento de nuestro Salvador. Nos convencimos de que ya no debíamos asistir a ninguna otra reunión de clase. La esperanza de la gloriosa aparición de Cristo llenaba nuestras almas y, por lo tanto, se desbordaría de nuestros labios al levantarnos para hablar. Era evidente que no podríamos tener libertad en la reunión de clase, porque nuestro testimonio provocaba mofas e insultos, que al ter minar la reunión recibíamos de hermanos y hermanas a quienes habíamos respetado y amado.1TS 37.4

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