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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Capítulo 7—Visión de la tierra nueva *Estando otra vez de visita en casa de la Sra. de Haines, como un año después de la primera visión, tuvo la Srta. Harmon otra, en la que se le presentaron la nueva tierra y el descenso de la ciudad santa, hecho que ha de ocurrir mil años después de la segunda venida de Cristo. Apocalipsis 20:2; Zacarías 14:4.

    Con Jesús al frente, descendimos todos de la ciudad a la tierra, y nos posamos sobre una ingente montaña que, incapaz de sostener a Jesús, se partió en dos, de modo que quedó hecha una vasta llanura. Miramos entonces hacia arriba y vimos la gran ciudad con doce cimientos y doce puertas, tres en cada uno de sus cuatro lados, y un ángel en cada puerta. Todos exclamamos: “¡La ciudad, la ciudad, ya baja, ya baja de Dios, del cielo!” Descendió, pues, la ciudad, y se asentó en el lugar donde nosotros estábamos.1TS 61.1

    Después miramos las espléndidas afueras de la ciudad. Vi bellísimas casas que parecían de plata, sostenidas por cuatro columnas engastadas de preciosas perlas muy admirables a la vista. Estaban destinadas a ser residencia de los santos. En cada una había un anaquel de oro. Vi muchos santos que entraban en las casas, y, desciñéndose sus resplandecientes coronas, las colocaban sobre el anaquel. Después salían al campo contiguo a las casas para.hacer algo con la tierra, aunque no en modo alguno como para cultivarla como hacemos ahora. Un glorioso nimbo circundaba sus cabezas, y estaban continuamente alabando a Dios.1TS 61.2

    Vi otro campo lleno de toda clase de flores, y al cogerlas exclamé: “No se marchitarán.” Después vi un campo de crecida hierba, cuyo hermosísimo aspecto causaba admiración. Era de color verde vivo, y tenía reflejos de plata y oro al ondular gallardamente para gloria del Rey Jesús. Luego entramos en un campo lleno de toda clase de animales: el león, el cordero, el leopardo y el lobo, todos vivían allí juntos en perfecta unión. Pasamos por en medio de ellos, y nos siguieron mansamente. De allí fuimos a un bosque, no sombrío como los de la tierra actual, sino esplendente y glorioso en todo. Las ramas de los árboles ondulaban de uno a otro lado, y nosotros exclamamos todos: “Moraremos seguros en el páramo y dormiremos en los bosques.” Atravesamos los bosques en camino hacia el monte de Sión.1TS 61.3

    En el trayecto encontramos un grupo que también contemplaba la hermosura del paraje. Advertí que era rojo el borde de sus vestiduras; llevaban mantos de un blanco purísimo, y muy brillantes coronas. Después de saludarlos, le pregunté a Jesús quiénes eran, y me respondió que eran mártires muertos por su nombre. Los acompañaba una innúmera hueste de pequeñuelos que también tenían un ribete rojo en sus vestiduras. El monte de Sión estaba delante de nosotros, y sobre el monte había un hermoso templo. Lo rodeaban otros siete montes donde crecían rosas y lirios. Los pequeñuelos trepaban por los montes o, si lo preferían, usaban sus alitas para volar hasta la cumbre de los montes y recoger inmarcesibles flores. Toda clase de árboles hermoseaban los alrededores del templo. El boj, el pino, el abeto, el olivo y el mirto; el granado, y la higuera doblegada bajo el peso de sus maduros higos, embellecían todo aquel paraje. Cuando íbamos a entrar en el santo templo, Jesús alzó su bella voz y dijo: “Únicamente los 144.000 entrarán en este lugar.” Y nosotros exclamamos: “¡Aleluya!”1TS 62.1

    El templo estaba sostenido por siete columnas de transparente oro con engastes de hermosísimas perlas. No me es posible describir las maravillas que vi en el templo. ¡Oh, si yo supiera el idioma de Canaán! ¡Entonces podría contar algo de la gloria del mundo mejor! Vi tablas de piedra en que estaban esculpidos en letras de oro los nombres de los 144.000.1TS 62.2

    Después de admirar la hermosura del templo, salimos de allí, y Jesús nos dejó para ir a la ciudad. Muy luego oímos su amante voz que decía: “Venid, pueblo mío: habéis salido de una gran tribulación y hecho mi voluntad. Sufristeis por mí. Venid a la cena, que yo me ceñiré para serviros.” Nosotros exclamamos: “¡Aleluya! ¡Gloria!” y entramos en la ciudad.1TS 63.1

    Vi una mesa de plata pura, de muchos kilómetros de longitud, y sin embargo, nuestra vista la abarcaba toda. Había allí el fruto del árbol de la vida, el maná, almendras, higos, granadas, uvas y muchas otras especies de frutas.1TS 63.2

    Le rogué a Jesús que me permitiese comer del fruto, y respondió: “Todavía no, porque quienes comen del fruto de acá, ya no vuelven a la tierra. Pero si eres fiel, no tardarás en comer del fruto del árbol de la vida y beber del agua del manantial.” Después añadió: “Tú debes volver de nuevo a la tierra y referir a los demás lo que se te ha revelado.” Entonces un ángel me transportó suavemente a este obscuro mundo.1TS 63.3

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