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Testimonios Selectos Tomo 1

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    La causa adventista en Portland

    En junio de 1842, dió el Sr. Guillermo Miller su segunda serie de conferencias en Portland, y consideré como un gran privilegio el asistir a ellas, porque estaba desalentada y no me sentía preparada para encontrar a mi Salvador. Esta segunda serie de reuniones conmovió los ánimos de la ciudad mucho más intensamente que la primera. A excepción de unas pocas sectas, las denominaciones religiosas mantuvieron las puertas de sus iglesias cerradas para el Sr. Miller; y desde los diversos púlpitos se pronunciaron muchos discursos para denunciar lo que se motejaba de fanáticos errores del conferenciante. Pero grandes muchedumbres concurrían a sus reuniones, y muchísima gente se quedaba sin poder entrar en el local. Los oyentes permanecían sumamente quietos y atentos.1TS 21.3

    El Sr. Miller no gastaba al predicar estilo florido ni galas oratorias, sino que trataba acerca de hechos claros y sorprendentes, que despertaban a sus oyentes y los sacaban de su negligente indiferencia. A medida que hablaba, basaba sus declaraciones y teorías en pruebas bíblicas. Acompañaba sus palabras un poder convincente que parecía darles el sello del lenguaje veraz.1TS 21.4

    Manifestaba cortesía y simpatía. En ocasiones en que todos los asientos estaban ocupados, tanto en la sala como en la plataforma que rodeaba al púlpito, vi al Sr Miller dejar su puesto, tomar de la mano a algún hombre o mujer, anciano y débil, hallarle asiento y luego volver a reanudar su discurso. Con razón se le llamaba “papá Miller,” porque ejercía vigilante cuidado para con los que necesitaban sus servicios, era afectuoso en sus modales y tierno de corazón.1TS 22.1

    Era un predicador interesante, y sus exhortaciones a los que profesaban ser creyentes y a los impenitentes, eran apropiadas y eficaces. Algunas veces predominaba en sus reuniones una solemnidad tan marcada que llegaba a ser penosa. Impresionaba el ánimo de la multitud de oyentes una sensación de la crisis inminente de los sucesos humanos. Muchos cedían a la convicción del Espíritu de Dios. Hombres y mujeres, ancianos ya canosos, se acercaban con paso tembloroso a los bancos de penitentes; otras personas, fuertes y maduras, los jóvenes y los niños, se conmovían profundamente. Ante el altar de la oración, se mezclaban los gemidos, llantos y alabanzas a Dios.1TS 22.2

    Yo creía las solemnes palabras que pronunciaba el siervo de Dios, y mi corazón se dolía cuando dichas palabras encontraban oposición o eran tema de mofas. Asistía con frecuencia a las reuniones, y creía que muy luego iba a venir Jesús en las nubes de los cielos; pero mi mayor deseo era estar preparada para encontrarle. Mi mente meditaba de continuo en la santidad de corazón, y anhelaba sobre todo obtener tan gran beneficio y sentir que Dios me había aceptado por completo.1TS 22.3

    Hasta entonces no había orado nunca en público, y tan sólo unas cuantas tímidas palabras habían salido de mis labios en las reuniones de oración; pero ahora me impresionaba la idea de que debía buscar a Dios en oración en nuestras reuniones de testimonios. Sin embargo, no me atrevía a orar, temerosa de confundirme y no poder expresar mis pensamientos. Pero el sentimiento del deber de orar en público me sobrecogió de tal manera, que al orar en secreto me parecía como si me burlara de Dios por no haber obedecido a su voluntad. Se apoderó de mí el desaliento y durante tres semanas ni un rayo de luz vino a herir la melancólica lobreguez que me rodeaba.1TS 23.1

    Sufría muchísimo mentalmente. Noches hubo en que no me atreví a cerrar los ojos, sino que esperé a que mi hermana se durmiese, y, levantándome entonces despacito de la cama, me arrodillaba en el suelo para orar silenciosamente con indescriptible angustia muda. Se me representaban sin cesar los horrores de un infierno eterno y abrasador. Sabía que me era imposible vivir mucho tiempo en tal estado, y no tenía valor para morir y arrostrar la suerte de los pecadores. ¡Con qué envidia pensaba yo en los que se sentían aceptos de Dios! ¡Cuán preciosa parecía la esperanza del creyente a mi alma agonizante!1TS 23.2

    Muchas veces permanecía postrada en oración casi toda la noche, gimiendo y temblando con indecible angustia y tan profunda desesperación que no hay manera de expresarlas. Mi ruego era: “¡Señor, ten misericordia de mí!” y, como el pobre publicano, no me atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que postraba mi rostro en el suelo. Enflaquecí notablemente y decayeron mucho mis fuerzas, pero guardaba mis sufrimientos y desesperación para mí sola.1TS 23.3

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