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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Infortunio

    Siendo yo todavía niña, se trasladaron mis padres desde Gorham a Portland, también en el estado de Maine, donde a la edad de nueve años me ocurrió un accidente cuyas consecuencias me afectaron para el resto de mi vida. Atravesaba yo un terreno baldío en la ciudad de Portland, en compañía de mi hermana gemela y una condiscípula de escuela, cuando una muchacha de unos trece años, enfadada por alguna cosa baladí, nos tiró una piedra que vino a darme en la nariz, dejándome el golpe sin sentido en el suelo.1TS 13.2

    Al volver en mí, me encontré en la tienda de un comerciante. Un compasivo extraño se ofreció a llevarme a mi casa en su carruaje; pero yo, sin darme cuenta de mi debilidad, le dije que prefería ir a pie. Los que allí estaban no se figuraban que la herida fuese tan grave, y consintieron en dejarme ir; pero a los pocos pasos desfallecí, de modo que mi hermana gemela y mi condiscípula hubieron de transportarme a casa.1TS 13.3

    Durante algún tiempo después del accidente estuve atontada. Según me dijo luego mi madre, transcurrieron tres semanas sin que yo diese muestras de conocer lo que me sucedía. Tan sólo mi madre creía en la posibilidad de mi restablecimiento, pues por alguna razón abrigaba la firme esperanza de que no me moriría.1TS 13.4

    Al recobrar el uso de mis facultades, parecióme como si despertara de un sueño. No recordaba el accidente, y desconocía la causa de mi enfermedad. Se me había dispuesto en casa una cuna muy grande, donde yací durante varias semanas.1TS 14.1

    Por entonces empecé a rogar al Señor que me preparase a bien morir. Cuando nuestros amigos cristianos visitaban a la familia, le preguntaban a mi madre si había hablado conmigo acerca de la muerte. Yo entreoí estas conversaciones, que me conmovieron y despertaron en mí el deseo de ser una verdadera hija de Dios; así que me puse a orar fervorosamente por el perdón de mis pecados. El resultado fué que sentí una profunda paz de ánimo, y un amor sincero hacia el prójimo, con vivos deseos de que todos tuviesen perdonados sus pecados y amasen a Jesús tanto como yo.1TS 14.2

    Muy lentamente recuperé las fuerzas, y cuando ya pude volver a jugar con mis amiguitas, hube de aprender la amarga lección de que nuestro aspecto personal influye en el trato que recibimos de nuestros compañeros.1TS 14.3

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