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Testimonios Selectos Tomo 1

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    Amistosos consejos y simpatía

    Declaré entonces a mi madre las tristezas y perplejidades que experimentaba. Tiernamente simpatizó con ellas y me alentó diciéndome que pidiera consejo al pastor Stockman, quien a la sazón predicaba en Portland la doctrina adventista. Tenía yo mucha confianza en él, porque era devoto siervo de Cristo. Al oir mi historia, él puso afectuosamente la mano sobre mi cabeza, y dijo, con lágrimas en los ojos: “Elena, Vd. no es sino una niña. Su experiencia es muy singular en una persona de tan poca edad. Jesús debe estar preparándola para alguna obra especial.”1TS 27.2

    Luego me dijo que, aun cuando fuese yo una persona de edad madura y me viese así acosada por la duda y desesperación, me diría que sabía de cierto que por el amor de Jesús, había esperanza para mí. La misma agonía mental era positiva evidencia de que el Espíritu de Dios contendía conmigo. Dijo que cuando el pecador se endurece en sus culpas, no se da cuenta de la enormidad de su transgresión, sino que se lisonjea con la idea de que anda casi bien, y que no corre peligro especial alguno. Le abandona entonces el Espíritu del Señor, y le deja asumir una actitud de negligencia e indiferencia o de temerario desafío. Este bondadoso señor me habló del amor de Dios para con sus extraviados hijos, y me explicó que en vez de complacerse en su ruina, anhelaba atraerlos a sí por una fe y confianza sencillas. Insistió en el gran amor de Cristo y en el plan de la redención.1TS 27.3

    El pastor Stockman habló del infortunio de mi niñez, y dijo que era de veras una grave aflicción, pero me invitó a creer que la mano de nuestro amante Padre no me había desamparado; que en lo futuro, una vez desvanecidas las neblinas que obscurecían mi ánimo, discerniría yo la sabiduría de la providencia que me pareciera tan cruel y misteriosa. Jesús dijo a sus discípulos: “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después.” Juan 13:7. Porque en la incomparable vida venidera ya no veremos obscuramente como por un espejo, sino que cara a cara contemplaremos los misterios del amor divino.1TS 28.1

    —Vaya en paz, Elena—me dijo;—vuelva a casa confiada en Jesús, que él no privará de su amor a nadie que lo busque verdaderamente.1TS 28.2

    Después oró fervorosamente por mí, y me pareció que con seguridad escucharía Dios las oraciones de su santo varón, aunque desoyera mis humildes peticiones. Quedé mucho más consolada y se desvaneció la maligna esclavitud del temor y de la duda al oir los prudentes y cariñosos consejos de aquel maestro de Israel. Salí de la entrevista con él animada y fortalecida.1TS 28.3

    Durante los pocos minutos en que recibiera instrucciones del pastor Stockman, aprendí más en cuanto al amor y compasiva ternura de Dios que en todos los sermones y exhortaciones que antes oyera.1TS 28.4

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