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El Ministerio Pastoral

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    La remuneración de las esposas

    Algunas esposas deben recibir remuneración—Hay esposas de ministros, como las hermanas Starr, Haskell, Wilson y Robinson, que son obreras de corazón, dedicadas y entregadas, dando estudios bíblicos y orando con las familias, ayudando con esfuerzo personal, tan exitosamente como sus esposos. Estas mujeres dan todo su tiempo, y se les ha dicho que a ellas no se le paga por su trabajo porque sus esposos reciben sueldos. Yo les digo que sigan adelante y que tales decisiones serán cambiadas. La Palabra dice, “El obrero es digno de su salario”. Cuando se tomen decisiones como ésta, yo protestaré, en el nombre de Cristo. Sentiré que es mi responsabilidad crear un fondo del dinero de mis diezmos, para pagarle a estas mujeres que están realizando un trabajo tan esencial como el que realizan los ministros, y apartaré este diezmo para la misma línea de trabajo como la de los ministros, buscando almas, pescando almas. Yo sé que a las mujeres fieles se les debe pagar sueldos en proporción al sueldo que reciben los ministros. Ellas sienten la responsabilidad por las almas, y no deben ser tratadas injustamente. Estas hermanas están donando su tiempo para educar a los nuevos conversos, y se pagan a sí mismas por el trabajo realizado, y le pagan a quienes trabajan para ellas. Todas estas cosas deben ser corregidas y puestas en orden, y se debe hacer justicia a todos. Las correctoras de pruebas en la oficina reciben su salario, dos dólares y medio a tres por semana. Esto lo he tenido que pagar yo, y otros también lo tienen que pagar. Pero las esposas de los ministros que llevan una tremenda responsabilidad, dedicando todo su tiempo, no reciben nada por su trabajo.—Manuscript Releases 12:160, 161.MPa 89.5

    A veces hemos cometido una injusticia, al no pagarle a las esposas competentes—Se ha cometido a veces una injusticia para con mujeres que trabajan con tanta consagración como sus esposos, y que son reconocidas por Dios como necesarias para la obra del ministerio. El método de pagar a los obreros varones, y de no pagar a sus esposas que participan de sus labores, no es un plan conforme al mandato del Señor, y si se lleva a cabo en nuestras asociaciones, se corre el riesgo de desanimar a nuestras hermanas en cuanto a calificarse para la obra en la cual deben trabajar. Dios es un Dios de justicia, y si los ministros reciben salario por su trabajo, sus esposas, que se dedican a la obra tan desinteresadamente como ellos, deben recibir su paga en adición al sueldo que perciben sus esposos, aun cuando no lo pidan.—Obreros Evangélicos, 468.MPa 90.1

    La remuneración de las mujeres debe ser en proporción al tiempo que emplean en el trabajo—Se ha cometido un error cuando se deja completamente la carga de la obra a los ministros. Este plan fue trazado ciertamente sin la aprobación de Dios. Algunas mujeres están ahora mismo enseñando a señoritas a trabajar exitosamente en la visitación y dando estudios bíblicos. Las mujeres que laboran en la causa de Dios deben ser remuneradas en proporción al tiempo que dedican al trabajo. Dios es un Dios de justicia, y si los ministros reciben salarios por su trabajo, sus esposas, quienes se dedican con tanto interés a la obra como obreros juntamente con Dios, deben ser remuneradas además del sueldo de sus esposos, aun cuando ellas no lo pidan. Al dedicarse el ministro y su esposa a la obra, se les debe remunerar proporcionalmente al salario de dos obreros distintos, para que tengan los medios para ser usados según lo vean necesario en la causa de Dios. El Señor ha derramado su Espíritu sobre ambos. Si el esposo muere, quedando sola la esposa, ella estará capacitada para continuar el trabajo en la causa de Dios, y recibirá remuneración por la labor que realice.—Manuscript Releases 5:323, 324.MPa 90.2

    Las mujeres que trabajan en el Evangelio deben recibir salario—Los adventistas del séptimo día no deben de ninguna manera despreciar la obra de la mujer. Si una mujer confía el trabajo de su casa a una ayudante fiel y prudente, y deja a sus niños bajo buen cuidado mientras ella trabaja en la obra, la asociación debe tener bastante sabiduría para comprender que es justo que reciba salario. Mujeres ayudaron al Salvador uniéndose con él en su obra. ... Si las mujeres hacen el trabajo que no es el más agradable para muchos de los que trabajan en palabra y doctrina, y si su obra testifica que están llevando a cabo un trabajo que ha sido manifiestamente descuidado, ¿no debería esa obra considerarse tan rica en resultados como la obra de los ministros ordenados? ¿No debería ser eso motivo para emplear a esas mujeres? ¿No se sentirían defraudadas si no se les pagase?MPa 91.1

    Este asunto no deben resolverlo los hombres. El Señor ya lo ha resuelto. Debéis cumplir vuestro deber con las mujeres que trabajen en el Evangelio, cuya obra testifique que son indispensables para llevar la verdad a las familias. Su obra es justamente la que debe hacerse. En muchos sentidos una mujer puede impartir a sus hermanas un conocimiento que los hombres no pueden darles. La causa sufriría una gran pérdida sin esa clase de labor. Vez tras vez el Señor me ha mostrado que las maestras son tan grandemente necesitadas para la obra para la cual Dios las ha elegido como los maestros. Ellas no deben sentirse presionadas por los sentimientos y reglas de otros para depender de donaciones para su salario, como tampoco lo son los ministros.—Manuscript Releases 5:324, 325.MPa 91.2

    Los ministros reciben salario. ¿Deberá tenerse por inútil la labor de su esposa?—El ministro recibe paga por su trabajo, y así debe ser. Y si el Señor da a la esposa, así como al esposo la carga de trabajar, y ella dedica su tiempo y fuerza a visitar las familias y abrirles las Escrituras, aunque las manos de la ordenación no le hayan sido impuestas, está haciendo una obra que pertenece al ministerio. Entonces, ¿deben tenerse por inútiles sus labores?—Obreros Evangélicos, 467.MPa 91.3

    El Señor tiene una obra para las mujeres—El Señor tiene una obra para las mujeres así como para los hombres. Ellas pueden ocupar sus lugares en la obra del Señor en esta crisis, y él puede obrar por su medio. Si están imbuidas del sentido de su deber, y trabajan bajo la influencia del Espíritu Santo, tendrán justamente el dominio propio que se necesita para este tiempo. El Salvador reflejará, sobre estas mujeres abnegadas, la luz de su rostro, y les dará un poder que exceda al de los hombres. Ellas pueden hacer en el seno de las familias una obra que los hombres no pueden realizar, una obra que alcanza hasta la vida íntima. Pueden llegar cerca de los corazones de las personas a quienes los hombres no pueden alcanzar. Se necesita su trabajo.—El Evangelismo, 340.MPa 92.1

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