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El Ministerio Pastoral

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    Los médicos misioneros

    La obra médica misionera y el ministerio del Evangelio no deben ser separados—La obra médica misionera no debe llevarse a cabo como algo separado de la obra del ministerio evangélico. El pueblo de Dios debe ser uno. No debe haber separación en su obra. El tiempo y los recursos están siendo absorbidos en una obra que se promueve con un fervor excesivo en una sola dirección. El Señor no lo ha establecido en esa forma. El envió a sus doce apóstoles y después a los setenta a predicar la Palabra al pueblo, y les dio poder para sanar a los enfermos y echar fuera a los demonios en su nombre. No hay que separar las dos líneas de trabajo. Satanás inventará toda clase de planes para separar a quienes Dios está procurando unir. No debemos dejarnos descarriar por sus artimañas. La obra médica misionera debe conectarse con el mensaje del tercer ángel tal como la mano está conectada con el cuerpo; y la educación de los alumnos en las especialidades médicas misioneras no está completa a menos que se los prepare para trabajar en relación con la iglesia y el ministerio.—Consejos sobre la Salud, 558.MPa 126.4

    Los ministros y los obreros médicos deben cooperar entre sí—[Dios] invita a su pueblo a trabajar en armonía perfecta. Invita a los que están empeñados en nuestra obra médica a que se unan con el ministerio, invita al ministerio a cooperar con los obreros misioneros médicos; e invita a la iglesia a asumir el deber que le ha señalado, de sostener en alto el estandarte de la verdadera reforma en su propio territorio, dejando a los obreros preparados y experimentados libres para que avancen en nuevos campos.—Joyas de los Testimonios 2:530.MPa 127.1

    El médico fiel debe tener tanto derecho a las oraciones del pueblo de Dios como el ministro—Los deberes del médico son arduos. Pocos se dan cuenta del esfuerzo mental y físico al cual está sometido. Debe alistar toda energía y capacidad con la más intensa ansiedad en la batalla contra la enfermedad y la muerte. A menudo sabe que un movimiento torpe de la mano, que la desvíe en la mala dirección, el espacio de un cabello, puede enviar a la eternidad un alma que no está preparada para ella. ¡Cuánto necesita el médico fiel la simpatía y las oraciones del pueblo de Dios! Sus requerimientos en este sentido no son inferiores a los del ministro o misionero más consagrado. Como está muchas veces privado del descanso y del sueño necesarios, y aun de los privilegios religiosos del sábado, necesita una doble porción de la gracia, una nueva provisión diaria de ella, o perderá su confianza en Dios, y el peligro de hundirse en las tinieblas espirituales será mayor para él que para los hombres de otras vocaciones. Y sin embargo, con frecuencia, se le hace objeto de reproches inmerecidos, se lo deja solo, sujeto a las más fieras tentaciones de Satanás, y se siente incomprendido, traicionado por sus amigos.—Joyas de los Testimonios 2:145, 146.MPa 127.2

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