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El Ministerio Pastoral

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    Capítulo 28—La dedicación de los niños

    Permitan que los ministros tomen a los niños en sus brazos y los bendigan—Las madres que trajeron a sus niños a Jesús, hicieron bien. Recordad el texto, “Dejad a los niños, y no se les impidáis de venir a mí: porque de los tales es el reino de los cielos”. Dirijan hoy las madres a sus hijos a Cristo. Tomen los ministros del Evangelio a los niñitos en sus brazos, y bendíganlos en el nombre de Jesús. Háblense a los pequeños palabras del más tierno amor; pues Jesús tomó los corderitos del rebaño en sus brazos, y los bendijo.—El Evangelismo, 257.MPa 193.1

    El niño Jesús fue dedicado en el templo—El sacerdote cumplió la ceremonia oficial. Tomó al niño en sus brazos, y le sostuvo delante del altar. Después de devolverlo a su madre, inscribió el nombre “Jesús” en el rollo de los primogénitos.—El Deseado de Todas las Gentes, 36.MPa 193.2

    Ana dedicó su hijo a Dios desde su nacimiento—[Ana] confió a Dios la carga que ella no podía compartir con ningún amigo terrenal. Fervorosamente pidió que él le quitase su oprobio, y que le otorgase el precioso regalo de un hijo para criarlo y educarlo para él. Hizo un solemne voto, a saber, que si le concedía lo que pedía, dedicaría su hijo a Dios desde su nacimiento.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 615.MPa 193.3

    Ana y su esposo, en un acto de adoración, confirmaron la dedicación de su niño—En su oración, Ana había hecho la promesa de que si su pedido le era concedido, ella dedicaría a su niño al servicio de Dios. Le dio a conocer esta promesa a su esposo, y la confirmó en un acto solemne de adoración, antes de abandonar Silo.—The Signs of the Times, 27 de octubre de 1881.MPa 193.4

    Los padres deben entregar sus hijos al Señor—Padres, dad vuestros hijos al Señor, y recordadles siempre que le pertenecen, que son los corderos del rebaño de Cristo, sobre los cuales vela el verdadero Pastor. Ana dedicó a Samuel al Señor; y se dice de él, “Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras”. 1 Samuel 3:19. En el caso de este profeta y juez de Israel se presentan las posibilidades colocadas delante del niño cuyos padres cooperan con Dios, haciendo la obra que les es señalada.—Consejos para los Maestros Padres y Alumnos acerca de la Educación Cristiana, 135.MPa 193.5

    El padre es responsable por la dedicación de cada miembro de su hogar—El padre debía actuar como sacerdote de la familia, y si él había fallecido, el hijo mayor entre los que vivían debía cumplir el acto solemne de rociar con sangre el dintel de la puerta. Es un símbolo de la obra que debe hacerse en cada familia. Los padres han de reunir a sus hijos en el hogar y presentarles a Cristo como su Pascua. El padre debe dedicar cada miembro de la familia a Dios y hacer una obra representada por la cena pascual. Es peligroso dejar este solemne deber en manos ajenas.—El Hogar Cristiano, 293.MPa 194.1

    Este riesgo es bien ilustrado mediante un incidente que está relacionado con una familia hebrea en la noche de la pascua. La leyenda dice que la hija mayor estaba enferma; pero que ella conocía el hecho de que un cordero debía ser escogido por cada familia, y que su sangre debía ser rociada en el dintel y en el marco de la puerta con el fin de que el Señor pudiera ver la marca de sangre, y no permitir así que el destructor entrase y destruyera al primogénito. Con cuanta ansiedad vio ella acercarse el anochecer cuando el ángel destructor pasaría por allí. Ella se sintió muy inquieta. Llamó a su padre a su lado, y preguntó, “¿Has marcado el dintel de la puerta con sangre?” El contestó, “Sí; he dado órdenes en cuanto a este asunto. No temas; pues el ángel destructor no entrará aquí”. Llegó la noche, y una y otra vez la niña llamaba a su padre, preguntando aún, “¿Estás seguro de que el marco de la puerta está marcado con sangre?” Vez tras vez el padre le aseguró que no tenía porque temer; que una orden que involucraba tales consecuencias no sería descuidada por sus confiables siervos.MPa 194.2

    Al llegar la noche, se escuchó su voz suplicante decir, “Papá, yo no estoy segura. Tómame en tus brazos, y déjame ver la marca por mi misma, para que pueda estar tranquila”. El padre accedió a los deseos de su hija; la tomó en sus brazos y la llevó a la puerta; pero no había marca de sangre en el dintel de la puerta. El tembló de terror al darse cuenta de que su hogar pudiera tornarse en una casa de luto. Con sus propias manos tomó la rama de hisopo, y salpicó el dintel de la puerta con sangre. Entonces le mostró a la hija enferma que la marca estaba allí.—The Review and Herald, 21 de mayo de 1895.MPa 194.3

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