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Mensajera del Señor

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    El Profeta Jesús

    Los doce discípulos vieron a Jesús como un profeta. Uno de los evangelistas escribió: “De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo...” (Luc. 24:19). 25Ver también Jaroslav Pelikan, Jesus Through the Centuries (New Haven, CT: Yale University Press, 1985), pp. 14-17MDS 20.3

    Jesús se refirió a sí mismo como a un profeta: “Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos” (Mat. 13:57-58).MDS 20.4

    Jesús lo sintió todo: experimentó el cuchillo ardiente de la ingratitud y el rechazo que soportaron la mayoría de todos los profetas y profetisas. Ninguno tuvo mejores credenciales personales, o una vida más impecable y consecuente, pero generalmente los profetas no son bienvenidos porque hablan en nombre de Dios y no para gratificar los deseos del corazón humano. 26“Todo el ministerio público de nuestro Señor fue el de un profeta. El fue mucho más que esto. Pero fue como un profeta que actuó y habló. Fue esto lo que le dio su poder sobre la mente de la nación. Entró, como si fuera naturalmente, a un oficio vacante pero ya existente. Sus discursos fueron todos, en el más elevado sentido de la palabra, ‘profecías’ ” —Dean Arthur P. Stanley, History of the Jewish Church, t. III (New York: Charles Scribner’s Sons, 1880), p. 379.MDS 20.5

    Por primera vez en la historia del mundo, vino un profeta que no señalaría a otro. El profeta Jesús dijo de sí mismo: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha eniado... De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo... Yo soy el pan de vida” (Juan 6:29-35).MDS 20.6

    Como todos los profetas y profetisas genuinos, el principal foco del ministerio de Cristo fue decir la verdad sobre Dios y cómo los seres humanos pueden unirse nuevamente a la familia celestial: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:3-4).MDS 20.7

    Antes de que Jesús regresase al cielo, hizo provisión para que el oficio profético continuase hasta su retomo. Las mismas buenas nuevas acerca de Dios se necesitarían hasta que él volviese. Y se necesitarían las mismas buenas nuevas sobre cómo los rebeldes podían ser transformados en creyentes felices y obedientes. La provisión profética seria una de las responsabilidades primarias del Espíritu Santo, quien daría “dones a los nombres” (Efe. 4:8).MDS 20.8

    El comienzo de la iglesia cristiana coincide con la renovación de estos dones espirituales: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros evangelistas; a otros, pastores y maestros” (Efe. 4:11).MDS 20.9

    Estos dones no sólo fueron para el lanzamiento inicial de la iglesia cristiana; debían permanecer en la iglesia hasta el fin: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina...” (vers. 13-14). ¿Por cuánto tiempo? Se necesitarán apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, mientras la iglesia exista; mientras hombres y mujeres imperfectos e inmaduros necesiten tiempo para “crecer” “a la medida... de la plenitud de Cristo”.MDS 20.10

    Pablo les recordó a sus amigos corintios que “en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él [Cristo], en toda palabra y en toda ciencia, así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros” (1 Cor. 1:5-6). Esto es, ellos habían crecido espiritualmente y continuarían madurando en la medida en que siguiesen prestando cuidadosa atención a los mensajes de los profetas, a los que se alude como “el testimonio acerca de Cristo”. Como notamos en la página 3 de esta obra, “el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17) es el “espíritu de la profecía” (Apoc. 19:10).MDS 20.11

    Además, Pablo declaró que a la iglesia no le faltaría “ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor. 1:7). Puede ser significativo que Pablo escogió el “don de profecía” cuando subrayó el hecho de que a la iglesia no le faltaría ninguno de los dones hasta que Jesús regresase. Probablemente ningún don se necesitaría más en el tiempo del fin que el don de profecía.MDS 21.1

    Más adelante, en la misma carta, Pablo explicó en detalle de qué modo los dones funcionarían en la tarea de la iglesia (1 Cor. 12). Aunque cada don tendría su propia función especial, todos los dones estarían al servicio del propósito común de ayudar a los hombres y mujeres a “crecer” espiritualmente.MDS 21.2

    Claramente, los dones del Espíritu son “dados” por el Espíritu (l Cor. 12:7). No son habilidades obtenidas por entrenamiento o un honor conferido por los seres humanos. El “fruto del Espíritu” (Gál. 5:22) debe ser buscado por todos, pero los “dones del Espíritu” son distribuidos “a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11). Si uno posee un don particular, esto no debe convertirse en una prueba de fraternidad cristiana, porque nadie tiene todos los dones.MDS 21.3

    En la instrucción apostólica se da por sentada la pernianencia de estos dones espirituales, especialmente el don de profecía. Recordando el consejo de Cristo de que se levantarían “falsos profetas” en el tiempo del fin (Mat. 24:24), Pablo advirtió: “No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:19-21). El bienestar de los miembros de iglesia que aguardan el advenimiento dependerá de cómo acepten el consejo de los verdaderos profetas, especialmente para ser capaces de discernir la diferencia entre lo falso y lo verdadero.MDS 21.4

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