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Mensajera del Señor

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    Pruebas de un profeta genuino

    Al aplicar “pruebas” o “exámenes”, como nos amonesta Pablo (1 Tes. 5:20), debiéramos recordar la advertencia de Cristo: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:15-16).MDS 28.16

    Al probar las pretensiones de un profeta, es mucho más fácil pronunciar un juicio después que ha pasado suficiente tiempo como para que madure el fruto de su ministerio. Esta puede haber sido la razón por la que los consejeros de Josías fueron a Huida, una profetisa ya madura, antes que al joven Jeremías (ver páginas 30-32). Uno sólo puede imaginarse la escrupulosa integridad que los contemporáneos de los profetas les requerían durante el tiempo en que estaban estableciendo su papel profético. Consecuentemente, el aserto de los contemporáneos que conocían al profeta y su ministerio debería ser un testimonio de primera calidad en cuanto a la credibilidad del profeta o la falta de ella.MDS 28.17

    Pero ¿a qué contemporáneos debiera uno creer? Consideremos la experiencia de Cristo. ¿Cuántos dirigentes de iglesia y eruditos lo aceptaron? Algunos dijeron que sus milagros estaban causados por “Beelzebú, príncipe de los demonios” (Mat. 12:24). Sus hermanos, que vivieron junto a él por muchos años, al principio no creyeron en él (Juan 7:5). Sus discípulos “murmuraban” a menudo respecto a sus enseñanzas (Juan 6:61), y lo abandonaron después de Getsemaní (Mar. 14:50).MDS 29.1

    Jesús advirtió a sus contemporáneos que estaban en peligro de repetir los errores de generaciones anteriores: “¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas a quienes mataron vuestros padres! De modo que sois testigos y consentidores de los hechos de vuestros padres; porque a la verdad ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán, para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo...MDS 29.2

    “Diciéndoles él estas cosas, los escribas y los fariseos comenzaron a estrecharle en gran manera, y a provocarle a que hablase de muchas cosas; acechándole, y procurando cazar alguna palabra de su boca para acusarle” (Luc. 11:47-54).MDS 29.3

    Si Jesús, el Hombre intachable, el paradigma de virtud, enfrentó este tipo de recepción, ¿qué pueden esperar hombres o mujeres con el don profético, inferiores al Señor en todo sentido? ¡Uno se pregunta por qué alguien aceptaría tal responsabilidad cuando es tan difícil que se lo escuche en forma imparcial y justa!MDS 29.4

    ¡Pero algunos creyeron! ¿Por qué? ¿Sobre qué base racional algunos contemporáneos de Jeremías llegaron a convencerse gradualmente de que él era un profeta genuino? Se necesitaron unas pocas pautas definidas porque en su tiempo muchos profetas que se habían nombrado a sí mismos reclamaban la misma autoridad. Escuchemos al Señor describiendo esta extraña situación: “Falsamente profetizan los profetas en mi nombre; no los envié, ni les mandé, ni les hablé; visión mentirosa, adivinación, vanidad y engaño de su corazón os profetizan” (Jer. 14:14; vertambién 5:13, 31; 14:18; 23:21).MDS 29.5

    Cada época ha tenido la misma responsabilidad: “No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:19-21).MDS 29.6

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